Jorge Villanúa
Jorge Villanúa, árbitro de Ceuta RTVE

Jorge Villanúa Gaona tiene 25 años, lleva once impartiendo justicia en los terrenos de juego y, pese a ser agredido este domingo durante un partido de competición juvenil celebrado en Ceuta, no tiene pensado abandonar el mundo del arbitraje. Su caso ha sido el último de una larga lista de desprecios, humillaciones y golpes que jornada tras jornada se centran en un colectivo vital para que el fútbol pueda existir. “Y no es la primera vez”, lamenta en comunicación telefónica con 20minutos. “Hace ya tres o cuatro años, si no recuerdo mal en unas semifinales, también recibí una agresión. Entonces fue peor, recibí un botellazo de un jugador del Goyu-Ryu”.

Para subir tienes que tragar con situaciones así, no hay otra

Villanúa Gaona es el primero en lamentar que sucedan estas cosas en el fútbol del balompié, no es optimista con el futuro porque cree que buena parte de culpa estriba en el discurso de los técnicos y denuncia tanto que ha sido acusado falsamente de persona racista como que no solo fueron tres las personas implicadas, a tenor de las medidas tomadas por el Betis de  Hadú, sino hasta cinco. “Desde el club agresor me recriminan que he insultado a un jugador, que soy un racista porque le he llamado 'moro de mierda'. Y no es verdad. He incluido esta acusación en la denuncia y voy a ir hasta el final”, proclama.

El colegiado recuerda cómo se iniciaron los hechos y, considera, se cebaron con él después de haberse iniciado con su asistente: “El portero le recriminó algo a mi asistente sobre el minuto 77, le llamé la atención y entonces me agarró del cuello, me propinó una bofetada, llegaron otros dos y me tiraron al suelo para darme patadas. Entonces llegó un cuarto, apareció mi asistente para apartarlos y un quinto le indicó que como se metiera iba también a recibir. Ellos dicen que yo insulté, que yo provoqué. Es increíble tener que tragar con eso”, recuerda. Las consecuencias, un chichón en la cabeza y arañazos y moratones varios repartidos por el cuello, el brazo, una de sus piernas y un brazo. Su asistente, musulmán, también recibió algún que otro golpe en su intento por separarles.

“No había mucha gente en el partido, ya que se jugaba a las 15.30 horas. Era un domingo tranquilo. E incluso era un partido sin nada especial. Pero a diez minutos del final se calentó muchísimo. Cada dos por tres tenemos historias como ésta”, se indigna. “Muchas veces piensas que todo esto no merece la pena. ¿Para qué? No aporta nada. No existe ningún respeto. A veces te planteas seriamente dejarlo, pero luego piensas por qué vas a dejar algo que te gusta por cuatro o cinco indeseables. Me gusta esto. Y quiero subir de categoría. Y para subir tienes que tragar con situaciones así, no hay otra”.