Carlos Soria
Carlos Soria, durante su ataque a la cumbre del Annapurna. EXPEDICIÓN BBVA

Carlos Soria tiene 77 años y el domingo coronó el Annapurna (8.091 m), el ochomil más peligroso del planeta, con un índice de mortalidad cercano al 40%. Es el alpinista más veterano en hollar esta mítica cumbre del Himalaya y ya solo le faltan dos para completar los 14 ochomiles: Daulaghiri y Shisha Pangma.

Al primero de ellos se dirigirá en breve tras descansar «tres o cuatro días» en la ciudad nepalí de Pokhara, desde donde recuerda su ascenso al Annapurna. «Fue duro, muy duro. Aunque este año no había tanta nieve, sí había mucho hielo y viento. En la cumbre, rachas de hasta 110 km/h y la temperatura rondaría los -25 o -30 ºC, con una sensación térmica aún más baja por culpa de ese viento», recuerda.

El último día de ascensión fue interminable y agotador:«Cuando salimos del campo 4, situado a unos 7.200 metros, caía una fina nevada, que te va cargando mucho las piernas. La ascensión duró 14 horas y luego otras 9 para bajar, en total 23 horas seguidas sin descansar. Llegamos exhaustos».

Un ingente esfuerzo y con escaso alimento en el cuerpo:«En el campo base comemos muy bien porque tenemos un cocinero nepalí fantástico, incluso tenemos jamón y aceite de oliva, pero en altitud se come poco porque solo beber, que es lo más importante, ya es complicado. El día de la cumbre solo tomé un gel y un par de barritas energéticas en 23 horas de expedición».

Regresar al campo 4 no es ninguna meta porque, como siempre dice Carlos, «no has ascendido una montaña hasta que no regresas al campo base». En el Annapurna esa frase cobra aún más sentido debido a su dificultad técnica, solo comparable a la del K2:«Entre el campo 3 (6.700 m) y el campo 2 (5.700 m) hay una pared vertical como los Alpes, muy peligrosa porque se producen muchas avalanchas y accidentes».

He vivido situaciones de riesgo, pero nunca me han tenido que rescatarSoria, que tiene 4 hijas y 4 nietos, lleva más de medio siglo escalando montañas y «el sentido común» ha sido siempre su leitmotiv para poder contar sus aventuras. «Claro que he visto tragedias en la montaña y he vivido situaciones de riesgo. En 2012 vivimos momentos muy peligrosos por avalanchas cuando intentamos sin éxito coronar el Annapurna, pero nunca me han tenido que rescatar ni he sufrido congelaciones importantes. He sido prudente y seguramente he tenido suerte», asegura. «No soy supersticioso ni tampoco religioso, pero cuando estoy en la montaña alguna vez sí que me  he acordado de dios», añade.

El secreto para seguir en forma a su edad es un buen entrenamiento. «La vida de jubilado te permite tener mucho tiempo libre», bromea. «Madrugo bastante y todos los días practico deporte. Intento hacer un entrenamiento que me permita ganar musculatura en las piernas sin perjudicar demasiado las rodillas, que son mi punto débil. Hago mucha bicicleta, esquí de fondo en invierno... lo importante es seguir una rutina», cuenta.

La preparación mental la lleva de serie, fruto de las estrecheces que le tocaron vivir en su infancia en Ávila. «Nací en 1939, en plena postguerra y en una familia pobre, fueron años muy duros. Vivíamos en una casa pequeña, sin agua y con un váter fuera. A los 11 años empecé a trabajar de encuadernador, luego fui tapicero... aunque no tenga nada que ver con el alpinismo, las dificultades de mi niñez me han ayudado a estar preparado mentalmente para superar situaciones límite, como las que te puedes encontrar en la alta montaña», explica.