Nadal se deshace de un luchador Popyrin y firma un triunfante debut en 'su' Roland Garros

Nadal, en Roland Garros.
Nadal, en Roland Garros.
EFE

Sin novedad en París, la vida sigue igual y el sueño está un pasito más cerca. El estreno de Rafa Nadal en Roland Garros se abrocha con una cómoda victoria (6-3, 6-2 y 7-6) ante el australiano Popyrin (21 años), tan prometedor en el futuro como verde en el ahora para dar guerra: tiene mimbres, pero le faltan primaveras en el DNI y cuando puede cambiar el guion en el tercer set, al chico se le encoge el brazo. Presión o miedo escénico lo llaman.

Nadal, mientras, ha llegado a la arcilla parisina fresco como una lechuga. Se encuentra ante el mayor desafío de su vida, y cuerpo y mente parecen alineados en ese propósito único, alcanzar los 21 grandes títulos y dejar su propia huella por delante del resto.

El partido lo va diseñando Rafa a su antojo, con un primer tramo igualado en el que ambos jugadores intercambian juegos hasta ese instante clave que llega en cada set, cuando el plus de calidad de uno u otro desnivela el marcador. Sucede en el octavo juego: Rafa rompe el saque de Popyrin y al australiano se le hace de noche, con un parcial en contra en Roland Garros y frente a Nadal. El Everest.

Y durante un rato no puede salir de la depresión el chico, mero espectador de un segundo set que sirve como banco de pruebas para Rafa. Le sale casi todo lo que intenta y en poco menos de media hora el 6-2 ya luce en el marcador.

Sin nada que perder, Popyrin consigue liberar su juego y el partido se iguala. Desde su atalaya de casi dos metros comienza a propulsar la pelota, barra libre de cañonazos y Nadal con la lengua fuera tras cada pelota, conformándose con resistir. 

Y llega otro de esos momentos decisivos: 5-3 para el australiano, con saque, bola de set... y doble falta. Y veinte segundos después, la segunda oportunidad llama a la puerta, y el globo que eleva al cielo Nadal –adrede, que Rafa es perro viejo y sabe como presionar al imberbe– termina con un remate de Popyrin a la nada, a la frustración de una derrota que llega inmisericorde en un tie-break donde el español ya no está dispuesto a perdonar una. 

Su camino no ha hecho más que empezar y no está la cosa para malgastar energías, que ya tenemos una edad. Con el de ayer, por cierto, Rafa colecciona ya 101 triunfos en su amado París. Es eterno.

«Ha sido más difícil de lo que parece contra un gran rival, estoy muy contento de la victoria y de regresar a esta pista un año más», asegura el mallorquín nada más terminar el partido.

Toca pensar ahora en la siguiente ronda, el segundo peldaño donde, cosas del destino, espera Richard Gasquet, el primer espejo de Rafa, aquella joya francesa contra la que el chico de Manacor jugaba desde que apenas tenían 10 años. Y entonces, cuando ambos eran casi los mejores niños tenistas del planeta, era Gasquet quien ganaba, acumulando un rascacielos de expectativas que Francia iba depositando sobre él. Era el elegido.

Pasó el tiempo y la carrera del espigado niño de Bréziers esquivó la línea recta, con la cima del séptimo puesto en el ránking mundial y varias hondas depresiones, como aquel positivo de cocaína que, según él, una chica le transmitió con un beso más que cariñoso. Sucedió en 2014, año en el que Nadal volvía a ganar Roland Garros una vez más.

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Sigue en directo el debut de Nadal ante Popyrin en Roland Garros
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