Tambores de profecía

Comienzan uno o dos pares de jóvenes, arrimados a los pies de la estatua de Alfonso XII, a orillas del estanque. A medida que la tarde avanza llegan otros con tambores de todos los cueros, países y tamaños. Tam-tam, tam-tam...

Hay mendigos que bailan su solitario vino al tambor que más les suena; bailarinas y malabaristas que no pueden ensayar en los balcones de sus casas. A veces llega una escuela infantil de samba. Decenas de enamorados comen pipas. La magia comienza a la hora del crepúsculo. Durante sólo quince minutos, los cientos de tambores coinciden en un único ritmo.

Gentes que nunca antes se habían visto se reconocen golpeando los tambores. Es una fiesta y también una protesta que se extiende por toda la almendra de Madrid. La primera vez que lo escuché, a kilómetros, pensé que ocurría algo. Me acerqué hasta el Retiro y lo vi. ¿Sólo tambores?

Ahora voy todos los fines de semana. Los tambores me suenan a profecía: anuncian que el tiempo que vendrá llama a la puerta.