La crónica del treintañero: 'Fiesta de Airbnb del piso de abajo'

Carlos G. Miranda
CARLOS G.MIRANDA ESCRITOR

Tengo un Airbnb en el piso de abajo. Para mi sorpresa, tantas idas y venidas semanales de maletas por las escaleras empezaron a molestarme. Es que mi calle es de esas estrechas en las que se oye la vida de los vecinos y ese piso de alquiler temporal se había convertido en una especie de albergue juvenil con banda sonora de Enrique Iglesias. A pesar del drama, me prometí que no me convertiría en el vecino amargado que amenazaba con llamar a la policía si no se acaba la juerga. Como mucho, si la cosa pasaba de las doce, soltaba por el balcón: "¡Que algunos mañana trabajamos!".

Mientras apretaba el timbre, me repetía que no amenazaría con llamar a la policíaTuve que ir un paso más allá el fin de semana de la despedida de soltera de Mar, una chica a la que secuestraron sus amigas para liarla en el Airbnb de mi edificio. Es cierto que era sábado, día de fiestas permitidas, pero yo tenía ganas de irme a la cama prontito y aprovechar el domingo. Vale, no tenía plan y las chicas llevaban de cachondeo desde primera hora de la tarde, cuando gritaron "¡Ha llegado la del tuppersex!". Me pasé un buen rato viendo Netflix con los cascos puestos, pero cuando me los quité, ya entrada la noche, tenía debajo de mi casa la ruta del bakalao.

Pegué uno de mis gritos por el balcón. Se asomaron un par de chicos, pero con tanto jaleo no me escucharon cuando les conté lo de que mi gato tenía fobia a la música y se ponía como loco a hacer uñas en el sofá para calmar la ansiedad. Sí, era trola, pero es que me costaba quedar de aguafiestas. Total, que lo di por imposible y me metí en la cama con los cascos puestos, rezando para dormirme y no caer en lo de presentarme en la puerta a parar el cachondeo. Me rendí cuando a la fiesta se sumó la tuna.

Mientras apretaba el timbre, me repetía que no amenazaría con llamar a la policía. Igual debería haberlo hecho porque la chica que me abrió me dijo que menuda pena lo de la fobia del gato y que me tomara una copa para quitarme el disgusto. Sin darme cuenta, me colocó un gin-tonic en la mano y me metió en el fiestón. Allí había más de medio centenar de personas. Probé a explicarle mi historia a otra de las chicas, que resultó ser la del tuppersex. Me contó que llevaba un rato queriéndose ir, pero cada vez que se colgaba el bolso del hombro le daban otro chupito de Jäger y al final se había rendido. Hablamos de los problemas de tener un Airbnb en el edificio; ella era de Barcelona y allí la cosa estaba de juzgado de guardia. Se nos unió a la charla uno de la tuna, que nos contó que él arrendaba habitaciones del piso en el que vivía de alquiler a estudiantes Erasmus, con pocos conocimientos de los precios del mercado inmobiliario, y así se ahorraba su parte. No debió de ofenderse cuando le dije que me parecía un abuso vergonzoso porque me dio su teléfono para que le llamara si alguna vez me apetecía unirme a la tuna. "Admitimos abuelos", me soltó antes de irse a cantar Clavelitos.  

El único abuelo de la fiesta era el señor Manuel, que se tomaba un vino mientras cantaba con la tuna. Vive en el cuarto y no nos caemos muy bien. Fue el que se presentó en la puerta de mi casa, de malas, cuando hice una fiesta para inaugurarlo. Tuve menos suerte que las de la despedida; mi fiesta acabó antes de tiempo, cuando la policía acudió a la llamada del señor Manuel.

El único abuelo de la fiesta era el señor Manuel, que se tomaba un vino mientras cantaba con la tunaCaí en la cuenta de que ya habían pasado cinco años desde aquello. ¿En qué momento había pasado de ser el que hacía las fiestas a convertirme en el gruñón que protestaba por ellas? Supongo que fue uno que se me escapó entre el trabajo, las parejas, las comidas de domingo con la familia, las fiestas con los amigos, las bodas, los hijos, las rupturas... Ese tiempo en el que, sin darte cuenta, te vas haciendo mayor.

El próximo fin de semana seré yo el que haga la fiesta, por los viejos tiempos. No creo que venga la tuna, pero lo bueno de hacerse mayor es que ya has descubierto que lo mejor de las fiestas no es que acaben con los vecinos llamando a la puerta, sino lo que pasa después con la gente que conoces en ellas. Y también que las resacas duran varios días.

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