Hay que quitarle la grasa a Europa

Carlos Santos
CARLOS SANTOS PERIODISTA

El otro día, frente a la estación central de Ámsterdam, un conductor que huía de la policía, tras cometer una infracción menor, embistió a la multitud e hirió a ocho personas; durante varias horas, las redes sociales hablaron alegremente de atentado; sería una muestra de frivolidad si no fuera una muestra de psicosis. Unas horas antes, esas mismas redes se habían hecho eco (y no era bulo ni error) de una agresión en la catedral de Notre Dame y habían divulgado la imagen de cientos de turistas con las manos en alto para facilitar el trabajo de la policía; desde hace meses Notre Dame, como todas las zonas turísticas de Francia, es objeto de permanente vigilancia policial, reforzada por soldados y guardias de seguridad, que controlan mochilas y bolsos. Unas horas después, un avión de Easyjet, que volaba entre Libliana y Londres, aterrizó de emergencia en Colonia (Alemania) después de que alguien contara al piloto que tres pasajeros habían mantenido una conversación "de contenido terrorista"; 150 pasajeros fueron registrados y diecisiete fueron a prestar declaración en comisaría, junto con la tripulación.

Son inmensa mayoría quienes piensan que la democracia se defiende con democracia

Cualquiera que ponga juntas estas noticias -y no digamos si las pone junto a otras de final más desgraciado- podría pensar que Europa se ha convertido en una vieja asustada. Sin embargo, cualquiera que viaje por la UE (sin necesidad de cambiar de moneda ni de enseñar pasaporte, aunque en el aeropuerto o en la catedral tenga que enseñar el bolso) verá que sus enemigos, sean quienes sean, están todavía muy lejos de conseguir su objetivo: que la sociedad quede paralizada por el miedo. Esa sociedad sigue viva, como bien han demostrado los ciudadanos en recientes procesos electorales: todavía son inmensa mayoría quienes piensan que la democracia se defiende con democracia y que la Europa unida no se ha convertido en un rescoldo del pasado aunque haya dejado de ser una ilusión de futuro: sigue siendo un poderoso elemento de nuestro presente político y social, que merece la pena defender. Se han encendido las alertas, han arreciado las críticas, han quedado a la vista las debilidades y se han multiplicado las llamadas a la ruptura, pero para varios cientos de millones de personas la Unión Europea sigue siendo una de las mejores cosas que les ha pasado en sus vidas.

Estamos en un momento óptimo para hablar de Europa, repensar Europa...

Entre esos millones de personas estamos los españoles, aunque viendo el debate parlamentario de la semana pasada cualquier podría pensar que los asuntos de Europa nos resultan ajenos. Aparte de algunas referencias tangenciales al brexit y algunas solemnes simplezas, como esa de que "España es una colonia de Alemania" (Montero dixit), en la moción de censura de Europa se habló muy poco. Una de las cosas en común del presidente aspirante y el presidente censurado es que se ponen de perfil ante los problemas y los compromisos europeos. A Sánchez y a Rivera, por lo que vamos viendo, tampoco les entusiasma el tema. Aunque saben que el futuro de España está en Europa o no está, tratan el europeísmo como una caduca moda ochentera.

Una pena, porque estamos en un momento óptimo para hablar de Europa, repensar Europa, reinventarla. El brexit, los discursos rupturistas y los miedos comunes nos dan una magnífica ocasión para hablar de lo que somos y lo que queremos ser, afianzar lo que nos une y superar lo que nos separa. Los problemas del mundo actual no se arreglan a cañonazos: exigen el desarrollo de una nueva cultura de la convivencia y en eso los europeos tenemos un camino andado. De paso, deberíamos adelgazar al monstruo: periodistas de 28 países acaban de demostrar, tras una investigación conjunta, que un tercio de los europarlamentarios no justifican los 4.300 euros que reciben al mes para gastos de oficina. A esa Europa vieja y asustada, tan diligente para defender el sistema financiero y tan torpe para todo lo demás, hay que quitarle la grasa. Ahora o nunca.

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