El legado de Nelson Mandela: la democracia en Sudáfrica y un ejemplo para todo el África negra

Nelson Mandela
Una mujer y su hija pasan junto a un mural del expresidente sudafricano Nelson Mandela. (EFE)

El expresidente sudafricano Nelson Rolihlahla Mandela (Umtata, 1918) es una figura a medio camino entre el hombre y el mito. Su lucha en favor de la democratización y en contra de la política de Apartheid en Sudáfrica le valió no solo un cautiverio de 18 años en la prisión de Robben Island, sino el reconocimiento casi unánime de sus conciudadanos, que hoy le consideran como un segundo padre o como un abuelo.

Su papel principal fue como símbolo más que como gestor" Los principales legados político-sociales de Mandela, según Itziar Ruiz-Giménez, coordinadora del Grupo de Estudios Africanos de la Universidad Autónoma de Madrid, se circunscriben, por un lado, al periodo de la Guerra Fría, "por su lucha contra el yugo colonial y por su cuestionamiento de un sistema basado en la discriminación. Mandela simboliza esa lucha a nivel internacional, que acabó cuando salió de la cárcel" explica.

Otra herencia principal del político sudafricano se gestó a partir de 1994, con su llegada al Gobierno. Primero por lograr abolir un sistema como el Apartheid basándose en la reconciliación y no en la venganza, "en un contexto social y económico en el que más de un 90% de la población vivía en situaciones de pobreza y exclusión. Él apeló a toda la lucha del Congreso Nacional Africano y a los valores religiosos para transitar a un mundo mejor", señala la profesora Ruiz-Giménez.

Para Carlos García Rivero, profesor de la Universidad de Valencia que vivió tres años en Sudáfrica, "su discurso de salida de la cárcel marcó un rumbo que se ha mantenido hasta hoy", con un alto nivel de seguimiento y apoyo popular en todos los grupos raciales. "Su papel principal fue como símbolo más que como gestor", opina, ya que incluso ya retirado seguía influyendo sobre el gobiernos posteriores.

Un "enorme cambio social"

Además, entre las claves de la acción política de Mandela estuvo su intento de sentar las bases de un "enorme cambio social, en un país en el que el 10% lo tenía todo y el 90% no tenía nada. Ese reto social, con luces y sombras, no se debe perder de vista", explica Ruiz-Giménez. Y es que se emprendió un intento de mejorar las condiciones de vida de la población en general sin que huyeran los inversores internacionales ni los ciudadanos con mayor cualificación (casi todos blancos).

Alrededor de Mandela, en Sudáfrica, se ha creado toda una industria "Alrededor de Mandela, en Sudáfrica, se ha creado toda una industria. Su rostro aparece en todo tipo de objetos y sus nietos acaban de empezar un reality show con el nombre de Being Mandela ("Ser un Mandela"), explica Carlota García Encina, investigadora del Real Instituto Elcano. En su opinión, la exaltación de Mandela como mito no le ha hecho ningún favor. "Era un hombre con aciertos y desaciertos, como todos. Él mismo ha reconocido sus errores, como fue buscarle un puesto en el Gobierno a su segunda mujer, Winnie Mandela", señala.

En el lado político, la profesora García Encina opina que el paso más importante y con más calado dado por Mandela fue su decisión de asumir la presidencia solo durante una legislatura. "Fue un ejemplo para el resto de líderes de África, donde hasta entonces era muy típico que tras las primeras esperanzas democratizadoras los presidentes se aferraran a sus poltronas y se volvieran autoritarios", señala.

Una presencia "estable y moral"

"Tenía que asegurar que la transición del Apartheid a la democracia era pacífica, y en ese sentido el ejerció como una presencia estable y moral", estima García Encinas. El limitar su mandato a una sola legislatura fue "un acto de mucho valor" y un ejemplo a seguir. En su labor como presidente, delegó en buena parte de sus obligaciones en el que posteriormente le sucedería en el Gobierno, Thabo Mbeki.

Era un hombre con aciertos y desaciertos, como todos En el ámbito donde sí que dejó su impronta personal fue en la política exterior. Su prioridad eran la defensa de los Derechos Humanos y el respeto por los organismos internacionales, así como por la legalidad vigente y las reglas del juego. Tanto es así, que tras su retirada de la política ejerció como mediador en conflictos como el de Burundi.

Precisamente esta faceta exterior la destaca también la profesora Ruiz-Giménez, como culminación del llamado Renacimiento Africano (un proceso de descolonización y democratización vivido en parte del continente). "Mandela planteó una política exterior contra la indiferencia y abogó por la defensa de los derechos humanos, poniendo la prioridad en la población. Él encarna el símbolo de una generación que cambió la forma de hacer política en África", opina.

La figura de Mandela, ahora incuestionable para sus compatriotas, no está exenta de polémicas. Son públicas las amistades que ha mantenido con dictadores como el cubano Fidel Castro y el libio Muamar el Gadafi, entre otros. Además, él mismo reconoció posteriormente su inacción inicial respecto a la lucha contra el sida, que ha ocasionado millones de muertos en el continente.

Un país con marca

El legado de Mandela se extiende hasta nuestros días, con la propia imagen exterior de Sudáfrica como ejemplo. Según un estudio del Real Instituto Elcanon (RIE), se trata de un gran éxito en la construcción de una marca país. "El caso sudafricano es impresionante por el cambio de su imagen tan rápido y eficaz, que algunos han querido comparar con el de España en la Transición (...) La culminación del proyecto fue la obtención de la candidatura para albergar el Mundial de fútbol de 2010", sostiene este estudio.

Y es que a la vista de las encuestas, en poco más de una década Sudáfrica "se ha convertido en la nación africana con la imagen más positiva, situándose incluso por delante de los países del Magreb, más próximos geográficamente a los países ricos". El efecto Mandela, en este contexto, es indisoluble del éxito del país, según concluye el RIE.

En el ámbito internacional, la figura de Mandela ha sido reconocida tanto por un Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional en 1992, como por un Premio Nobel de la Paz un año después (ambos compartidos ex aequo con el también expresidente Frederick W. de Klerk). La comunidad internacional les reconoció así su trabajo en favor de un final pacífico para el régimen de Apartheid y por consolidar las bases de una nueva y democrática Sudáfrica.

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