Verano de mis pecados
¡Ay, el verano, cuántos desmanes se cometen en tu nombre! Pues sí. Andaba yo por los quince cuando di con mis carnes púberes, sólo profanadas por el grosero acné, en una playa del socorrido Levante. Fue mi primer escarceo con un medio pariente, mayor que yo, de mucho predicamento en mi familia, si no, de qué. Solecito y Nivea (que uno se quema), vermutito al almuerzo, siestecita reparadora, paseíto, cenita y ¡hala, al desparrame! El sarao consistía en una orquesta de lugareños disfrazados de exóticos cubanitos que tocaban boleros de manera insaciable hasta que llegó el momento álgido: «Y, ahora, el éxito del verano: ¡La yenka!» En el «ti-ro-ra-ri-rooo...», nada, pero en los saltitos del «un, dos, tres» se me cayó el meyba (prenda de nailon que popularizó Fraga en Palomeras) y me quedé con todo al aire. Y así fue como descubrí el sexo por primera vez.




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