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El prado de las estrellas

El prado de las estrellas - Cartel
Título V.O.
:
El prado de las estrellas
Año de producción:
2007
Distribuidora:
Manga Films
Género:
Drama
Clasificación:
Todos los públicos
Estreno:
11 de enero de 2008
Director:
Mario Camus
Guión:
Mario Camus
Música:
Sebastián Mariné
Fotografía:
Hans Burman
Intérpretes:
José Manuel Cervino (Tasio), Marián Aguilera (Luisa), Rodolfo Sancho (Mauri), Juan Margallo (Escobedo), Antonio de la Torre (Ramiro), Álvaro de Luna (Alfonso), Óscar Abad (Martín), Mari González (Abad)
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Fotogramas de la película

Sinopsis

Alfonso es un jubilado que vive en su casa de siempre rodeado de recuerdos. Dos días por semana visita a su amiga y segunda madre Nanda, recluida en una Residencia ante la pasividad de sus hijos, y de vez en cuando se da un paseo matutino por su querido "prado de las estrellas". Una de esas mañanas, Alfonso se encuentra en el prado con un joven ciclista llamado Martín y no tardan en hacerse amigos. Recobrando la ilusión de antaño, Alfonso va a ayudar a Martín para que se convierta en un campeón.

Tras unos años alejados de las cámaras, Mario Camus vuelve al cine con "El prado de las estrellas", una película llena de nostalgia que él mismo ha escrito. El director de clásicos como "La colmena", "Los Santos Inocentes" y la más reciente "La ciudad de los prodigios", entiende la vida como una fábula en la que intervienen personajes. Y eso se aprecia en esta película. "El prado de las estrellas" es una historia de personajes, pero también una historia de historias, donde se entrecruzan aspiraciones y sufrimientos.

El protagonista es Álvaro de Luna, un habitual de nuestro cine que sigue en plena forma gracias al estreno de "Teresa, el cuerpo de Cristo" o "¿Y tú quién eres??". Junto a él, jóvenes promesas como el debutante Óscar Abad o los televisivos Marián Aguilera (Los Hombres de Paco) y Rodolfo Sancho (MIR). Completan el reparto otros ilustres como Manuel Alexandre (Elsa y Fred), Antonio de la Torre (Azuloscurocasinegro) y Mary González (Historias del Kronen). Álvaro de Luna y Óscar Abad han sido nominados al Goya como mejor actor y mejor actor revelación.

Crítica

Los dramas rurales nacionales, por muy contextualizados que estén en la vorágine de la globalización manejan una iconografía prácticamente cerrada, cultivan variaciones del arquetipo entendiendo la abstracción campestre como un viaje, al mismo tiempo, a ciertas raíces del imaginario literario español que enfatizaban con fluorescente la dicotomía campo-ciudad con muy contados matices. "El prado de las estrellas" como modélica epopeya bucólica que es, como filme que enuncia la vigencia de un romanticismo de los contrarios, se mueve en esa tensión entre polos estereotipados: los honrados trabajadores del campo son gente noble, demasiado noble, arraigada en la cultura del respeto por la tierra y por sus moradores, gentes de corazón puro no contaminadas por la ambición obtusa del negro capitalismo. En contrapartida, los vestigios de la gran ciudad, representados en el filme por los hijos "emigrantes" de Nanda, prototipo de de benefactora silvestre, consumidos por la codicia del dinero llama a dinero, y por el administrador delegado encargado de hacerse cargo de las propiedades de la anciana para construir monstruosas urbanizaciones y especular con la belleza en mitad del paraíso.

Camus no sabe o no quiere (en virtud del tono fabulesco del relato) eludir ese maniqueísmo de salón que, bien administrado, acaba confiriendo la categoría de héroes a simples labriegos, ganaderos y aldeanos alérgicos al mundanal ruido. La necesidad que exhibe "El prado de las estrellas" por conjugar esta dinámica de confrontación entre dos modelos de civilización antagónicos empuja irremediablemente el novelesco relato hacia el precipicio del corsé, comprometiendo, de esa manera, su sólida arquitectura polifónica y empujándola hacia un callejón sin salida. La cinta de Camus está repleta de óptimas intenciones y mejores sentimientos, jalonada, además, por cápsulas de gran cine, por evocadores paisajes humanos militantes en un romanticismo añejo y filoclásico, por la suficiencia del cineasta cántabro a la hora de pautar la armoniosa cadencia de sus imágenes componiendo una suerte de postal tridimensional, de frondosa vegetación, que ilustra los rincones aquellos en los que habitan aún los rebeldes. Aquellos que creen en las utopías y en los corazones inmaculados, los que sueñan con días mejores y los encuentran, los que defienden la vigencia de los valores en un mundo en que los valores cotizan escandalosamente a la baja, que se atreve, simbólicamente, a reivindicar un deporte tan injustamente vilipendiado como el ciclismo -instrumentalizado por los medios de comunicación como cantera de cabezas de turco en la lucha contra el mismo dopaje que contamina el fútbol, el tenis y el baloncesto-, cuya elección, como espina dorsal del relato múltiple y como espejo atlético de valores de antaño no parece en absoluto baladí. Álvaro de Luna brinda una de sus mejores composiciones matizando las esporádicas inclinaciones del guión por la retórica de novela (al fin y al cabo es un filme de Camus, el padre de "Los Santos Inocentes" o "La colmena").

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