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Tideland

Tideland - Cartel
Título V.O.
:
Tideland
Año de producción:
2005
Distribuidora:
Notro Films
Género:
Fantástica
Clasificación:
Pendiente por calificar
Estreno:
8 de junio de 2007
Director:
Terry Gilliam
Guión:
Terry Gilliam, Tony Grisoni
Música:
Mychael Danna, Jeff Danna
Fotografía:
Nicola Pecorini
Intérpretes:
Brendan Fletcher (Dickens), Jeff Bridges (Noah), Jennifer Tilly (Reina Gunhilda), Janet McTeer (Dell), Jodelle Ferland (Jeliza-Rose), Dylan Taylor (Patrick), Wendy Anderson (Madre de Dell)
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Fotogramas de la película

Sinopsis

Jeliza-Rose es una niña con una gran imaginación cuyos padres son drogadictos. Al morir su madre, ella y su padre se trasladan a una casa que la sume en la tristeza. Su vida comienza a girar en torno a su universo mágico. Un mundo en el que los animales hablan y las viejas muñecas son perfectas confidentes. La joven sólo encuentra apoyo real cuando conoce a Dickens, un joven disminuido psíquico que cree vivir en un submarino. También entabla relación con la hermana de éste, la inquietante Dell. Basada en la novela homónima de Mitch Cullin, "Tideland" es una película dramática con elementos del cine fantástico. Su director, Terry Gilliam, la define como una mezcla entre "Alicia en el país de las maravillas" y "Psicosis". Gilliam es un realizador de culto en Estados Unidos por películas como "El rey pescador", "12 monos" o "El secreto de los hermanos Grimm", en la que ya apreciamos su capacidad para plasmar mundos imaginarios. Y es que en "Tideland" la ambientación está sacada de los cuentos dehadas y de los cuadros del pintor realista Andrew Wyeth. El reparto está encabezado por Jodelle Ferland, una niña que, a su corta edad, ya ha sido capaz de interpretar inquietantes papeles en "The Messengers" y "Silent Hill". Junto a ella, un cada vez más selectivo Jeff Bridges (El gran Lebowski), al que hace poco vimos en "¡Qué les den!". Además, destaca la presencia de Jennifer Tilly (La mansión encantada) y Janet McTeer (Carrington).

Crítica

Terry Gilliam se haya en un punto de su trayectoria como artista en el que no se dispone a otra cosa que no sea seguir los mandatos de su instinto. Ahora hace el cine que quiere, el que le brota directamente de las vísceras para gusto o disgusto de su parroquia o sus detractores. Tideland es, en ese sentido, acaso la película más personal del director de Brazil, una exploración de los espectros de la infancia olímpicamente ajena al qué dirán construida desde una atalaya de autocompromiso, que descansa en la liberación desbocada de una iconografía libérrima que no busca eco, sino que su representación balsámica y liberadora es un fin en sí misma. Una obra de arte antes que una película, un ejercicio de autoayuda, si se quiere, materializado en un puñado de imágenes perturbadoras y en una explosión incontrolada de las tinieblas, tradicionalmente pulidas o pertinentemente disfrazadas en películas precedentes, de un subconsciente que necesita aire para respirar y espacio para volar.

Sublimación, más en la modulación psicológica de los personajes que en la propia naturaleza visual o estructural del producto, de la exploración autoral de un Gilliam más él mismo que nunca antes, Tideland es una película difícil, incómoda y multifacética cuya valoración, en términos estrictamente funcionales, en el contexto de una reseña como ésta, es un ejercicio perfectamente estéril. Lo es en la medida que se analiza una propuesta artística tan farragosa como abierta a la mera identificación sensorial que, seguro, será leída de manera bien distinta por los seguidores del imaginario Gilliam que por aquéllos otros que no lo sean o que no estén por la labor de comulgar con una liberación tan oscura, con un desglose tan visceral de las obsesiones de su autor sin más escollo en el camino que su propia libertad. Por eso Gilliam está tan orgulloso de Tideland, por eso le resbalan tanto las airadas reacciones de la crítica más hostil, incomprensiblemente, que nunca ante el torbellino fabulístico que encierra su nueva cinta.

Concebida como una suerte de deformación fantasmagórica de Alicia en el País de las Maravillas, Tideland es un sobrecogedor poema sobre una infancia derruida, que se agarra a la supervivencia desde la ensoñación evasiva que no es sino el clavo ardiendo ante un contexto demoledor. Dura y terroríficamente dramática, la nueva propuesta de Gilliam es un drama semionírico terriblemente espeso, que focaliza la atención en un desvío de la realidad en el que es francamente difícil penetrar una vez consumada la tragedia familiar. Tideland seduce en su primer acto hasta que la figura del padre/Jeff Bridges desaparece del mapa, para adentrarse en una deriva trastornada de cuento de hadas de altos y bajos, que alterna secuencias brillantes con la duermevela de una odisea que se mueve en círculos y casi nunca en línea recta. A Gilliam se le termina pronto la pólvora y desde entonces se limita a girar eternamente sobre un mismo eje.

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1 Comentario
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Dice ser zafiro
1
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Dice ser zafiro, 18.01.2008 - 15.28h

esto no es lo k buscoooooooooooooooo

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