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Llamando a las puertas del cielo

Llamando a las puertas del cielo - Cartel
Título V.O.
:
Dont come knocking
Año de producción:
2005
Distribuidora:
Araba Films
Género:
Drama
Clasificación:
Pendiente por calificar
Estreno:
6 de octubre de 2006
Director:
Wim Wenders
Guión:
Sam Shepard
Música:
T. Bone Burnett
Fotografía:
Franz Lustig
Intérpretes:
Fairuza Balk, Gabriel Mann, Sarah Polley, James Gammon, Tim Roth, Jessica Lange, Marley Shelton, Sam Shepard, Eva Marie Saint, George Kennedy, Tom F. Farrell
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Fotogramas de la película

Sinopsis

Howard Spence, ídolo de mujeres con una vida de múltiples relaciones y escándalos, se da cuenta que en el fondo es un ser solitario que vive de sus pasadas glorias como actor. De repente, después de una noche de fiesta y harto de sí mismo, emprende la búsqueda de sus raíces y seres queridos que le lleva a enterarse de la existencia de un hijo desconocido. En su camino se reencuentra con Doreen, una mujer a la que quiso tiempo atrás, y se ve en la difícil situación de elegir si volver a su vida de antes, para continuar con el rodaje de la que puede ser su última película. El importante escritor y actor estadounidense, Sam Shepard (Elegidos para la gloria), ganador de un Premio Pulitzer por su obra de teatro "Niños enterrados" (1978), vuelve a colaborar, más de veinte años después, como guionista y protagonista de este film con El director alemán Win Wenders (París, Texas). Acompañan al dramaturgo en el reparto, la ganadora de un Oscar y pareja de Shepard, Jessica Lange (Flores rotas), Eva Marie Saint (Superman returns) y Sarah Polley (La vida secreta de las palabras), tres mujeres que aportan ternura y calidez a los personajes masculinos, entre los que se encuentra el actor inglés Tim Roth (La última señal). Una película sobre la inminente llegada de los cincuenta y la siempre necesaria comprensión y ayuda de la familia.

Crítica

Sólido neo-western made in Wenders, sugestiva odisea de redención, con rúbrica insatisfactoria, a cuenta de un inmenso Sam Shepard.Wenders se expresa con el ADN prestado de un bardo de armónica y espuelas. Su paseo por la América recalcitrante, la de las áridas vastedades territorio de centauros y cafés con sabor a arena del camino, es de carne, piel y hueso. Su música de atardeceres turbios, en tierras eternamente fronterizas y sus viajeros errabundos al compás exigente del viento y las cicatrices, lucen el semblante limpio de lo auténtico. Lucieron entonces en París, Texas, lucen ahora, con idéntica virulencia pero sin el oportunismo inspirador que precede los relatos inmortales, los clásicos que son tales antes incluso de echar a andar. Llamando a las puertas del cielo, insondable y delirante traducción de Don´t Come Knocking, sin Bob Dylan ni cielos mediante, es una nueva introspección bisturí en mano de los contraluces bastardos del sueño americano. Aquella utopía teledirigida tenía ytiene agujeros irreparables, en forma, opina Wenders, de familias disfuncionales, iconografías engañabobos y mitos impresentables acercade una felicidad que no camina porque el americano medio es antes persona que americano y los sueños son del mismo oscuro color en cualquier parte del globo terráqueo. Shepard ejerce de pistolero de pacotilla en pantalla grande, harto de la sombra romántica que su estela proyecta a quien aún quiere creer en paparruchas. Wenders delinea la ruta de un sugestivo viaje iniciático de vaquero cansado y decepcionado con el mundo y consigo mismo, que busca los pedazos de sí que dejó esparcidos por el camino cuando construía fragmentariamente una vida cuyos frutos jamás recogió. Estéticamente absorbente, el cineasta germano propone una odisea a través del espacio y del tiempo en busca de las huellas de un hijo cuya existencia era ignorada por el padre. Esa madurez lacónica y tardía es prima hermana de la del Bill Murray de Jarmusch y sus Flores rotas: una búsqueda desesperada y anacrónica del amor y el calor de un legado humano extraviado a lo largo y ancho de la vida. Ese círculo de redención y autorescate es leit motiv habitual de mil productos crepusculares, pero Wenders vuelve a bordarlo enlatando atmósferas y dibujando el eco de los anhelos de sus descarriadas criaturas. La columna vertebral es la espalda de un Sam Shepard inconmensurable, antihéroe propicio en busca de un yo esquivo con un sinfín de miserias a cuestas. La sinfonía suena a gloria, como casi siempre que Wenders se gusta fotografiando derrotas, con una factura visual exquisita, nobleza obliga, y un espacio musical auxiliar sugestivo. El desarrollo dramático es impecable hasta que Sarah Polley revela la identidad de su rol: un personaje absolutamente redundante que dispersa la precisión de los retratos y compromete el calado emocional de un desenlace sin la contundencia lapidaria del conjunto. A Wenders le falta poner la guinda y le sobra voluntad de enfatizar la austera dramaturgia de un producto profundamente genuino. Por eso Llamando a las puertas del cielo no será nunca, pese a la virtuosa densidad de su ovillo sentimental,París-Texas.

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