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El señor de la guerra (2005)

El señor de la guerra (2005) - Cartel
Título V.O.
:
Lord of war
Año de producción:
2005
Distribuidora:
Sony Pictures
Género:
Acción
Clasificación:
Pendiente por calificar
Estreno:
30 de junio de 2006
Director:
Andrew Niccol
Guión:
Andrew Niccol
Música:
Antonio Pinto
Fotografía:
Amir Mokri
Intérpretes:
Nicolas Cage, Ian Holm, Jared Leto, Donald Sutherland, Ethan Hawke, Bridget Moynahan, Sammi Rotibi, Shake Toukhmanian, Jean-Pierre Nshanian
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Fotogramas de la película

Sinopsis

Yuri Orlov, nacido en Ucrania, emigró con toda su familia a América cuando sólo era un niño. Tras muchas penalidades, Yuri optó por el camino fácil para hacerse con dinero: el tráfico de armas. Y su golpe de suerte llegó con el final de la Guerra Fría, gracias a la enorme cantidad de armas que de repente quedaron disponibles en los antiguos estados soviéticos. Con ellas, numerosos traficantes amasaron inmensas sumas de dinero. Como Yuri, que se ha hecho rico vendiendo sobre todo a países africanos destrozados por la guerra y que ahora lucha por escapar de un agente de la Interpol, de sus rivales en el negocio y hasta de alguno de sus clientes que incluyen a importantes dictadores. Finalmente, Yuri debe enfrentarse a su propia conciencia. El director y guionista Andrew Niccol (Gattaca) se inspiró para escribir el guión en una serie de acontecimientos reales y para el papel de Yuri, que muestra el lado más oscuro del ser humano, mezcló las vidas de cinco traficantes de verdad. El tema central dela cinta, el tráfico descontrolado de armas y su repercusión en la vida de las personas, se muestra a través de Yuri que está interpretado por el actor Nicolas Cage (La búsqueda), siempre arriesgando en la composición de personajes no muy agradables para el gran público. Le acompañan Ethan Hawke (que coincidió con el director en "Gattaca"), Bridget Moynahan (Yo, Robot), Jared Leto (Réquiem por un sueño) e Iam Holm (El señor de los anillos).

Crítica

El señor de la guerra es al tráfico de armas lo que era Syriana al imperio petrolero y El jardinero fiel a la Gran Farmacia mundial. A saber: una lectura en clave popular de los negocios que se traen los estados primermundistas y los titiriteros en la sombra para forrarse a costa alimentar estados fallidos y la miseria de los incautos. Andrew Niccol sorprende con una película valiente, nada condescendiente, que sabe conjugar con genio maestro las esencias del cine espectáculo puro y duro con los recados a quien corresponda, la denuncia con fundamento y el tirón de orejas a los del puro y las botas texanas sobre la mesa. Resulta que El señor de la guerra es un producto altamente disfrutable para consumidores de palomitas y, a la par, para públicos inquietos que buscan sustancia debajo del ruido. Niccol, responsable de la notable Gattaca, da elbanderazo de salida con un magistral plano secuencia que sigue las andanzas de una bala desde el preciso momento de su concepción hasta que es depositada en el cráneo de algún incauto en algún conflicto invisible en el corazón del continente africano. De ahí en adelante pura dinamita. El señor de la guerra no da respiro y se mueve a un ritmo trepidante desentrañando la nauseabunda geografía del contrabando de máquinas de matar en las esquinas menos afortunadas del globo. Una apisonadora que avanza impasible, azuzada por la excelente gestión del ritmo que exhibe Niccol, tras los pasos de un traficante sin escrúpulos, vendedor de lo que sea al mejor postor para que se mate a gusto con su vecino. El filme sólo encierra dos peros, ambos de consideración pero pequeños en la magnitud del conjunto: la voz en off del propio Cage verbaliza en exceso la naturaleza misma del drama, siendo más trascendental frecuentemente aquello que se dice que aquello otro que se ve. Ese discursivismo sobreabundante mediatiza el estruendoso poder de las imágenes, pero la adrenalina rebosa en tal modo, que se disculpa el desliz como pecado menor. La posición de Niccol es tan absorbente, su discurso tan vigoroso y corrosivo que uno está dispuesto a olvidar incluso las forzadas apariciones deJared Leto, que defiende un personaje de cartón piedra indigno, por su imperdonable simplicidad, de la densidad narrativa de un producto tan complejo, de tantas aristas. Sobra Leto, no el actor, sino su personaje, y eso resta puntos a una película que pudo haber merodeado el sobresaliente puliendo sus evidentes defectos. Pero en la balanza pesan holgadamente más las virtudes, la potente perspectiva de la ignominia, el oficio en guardia de un Cage tirando de sus mejores registros y, sobre todo y fundamentalmente, el empuje de un relato que sabe enganchar sin fuegos de artificio, delineando los límites de un excelente filme de acción si se quiere, o una crónica definitiva y no neutral del tráfico internacional de armas. Dos películas en una y las dos notables ¿quién da más?

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