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Déjate llevar

Déjate llevar - Cartel
Título V.O.
:
Take the lead
Año de producción:
2006
Distribuidora:
Tri Pictures
Género:
Musical
Clasificación:
Pendiente por calificar
Estreno:
28 de abril de 2006
Director:
Liz Friedlander
Guión:
Dianne Houston
Música:
Aaron Zigman, Swizz Beatz
Fotografía:
Alex Nepomniaschy
Intérpretes:
Antonio Banderas, Alfre Woodard, Rob Brown, Marcus T. Paulk, Dante Basco, Yaya DaCosta, John Ortiz, Laura Benanti, Jenna Dewan, Katya Virshilas
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Fotogramas de la película

Sinopsis

Pierre Dulaine, un inspirado profesor de baile, llega para dar clase a los alumnos más conflictivos de un instituto de Nueva York. La directora Augustine James le ha dado permiso para enseñar a sus desmotivados chicos la pasión que encierra el baile de salón. Al principio los alumnos le tratan con bastante escepticismo sobre todo cuando descubren la clase de baile que quiere enseñarles, pero cuando ven que su compromiso es serio y su dedicación completa, poco a poco las barreras que les separan van desapareciendo. La conexión llega a tal punto que logran crear un nuevo estilo lleno de energía: una mezcla del baile de salón clásico de Dulaine junto con su propio estilo de hip-hop. Gracias al profesor, muchos de los jóvenes que nunca han tenido un aliciente por el que luchar, encuentran la inspiración para esforzarse e intentar ganar un prestigioso concurso de baile de la ciudad. De paso aprenderán la importancia del respeto y el honor. Nuestro actor más internacional, Antonio Banderas (El Zorro), es el protagonista de esta cinta, un drama basado en la verdadera historia de Pierre Dulaine. La encargada de llevar a buen puerto esta historia que mezcla música, baile y buenas intenciones es la debutante Liz Friedlander, veterana directora de videos musicales. También participa Alfre Woodard (Donde reside el amor), que está de actualidad por su papel en la serie de televisión "Mujeres desesperadas".

Crítica

Metan en el mismo saco una velada de Mira quién baila y las Mentes peligrosas sin Michelle Pfeiffer y con Antonio Banderas y el resultado se aproximará bastante a Déjate llevar, indiscriminado bombardeo de tópicos marginales light donde todo es exactamente lo que parece y donde cada movimiento anticipa el inmediatamente sucesivo. Previsible de punta a cabo y bien untada de moralina y ´mensajismo´ la ópera prima de Liz Friedlander es la clásica y trillada cinta de aula de alumnos problemáticos, descarriados de la vida, todos negros e hispanos por descontado, que van de cabeza al abismo hasta que aparece en sus vidas un idealista, un profesor de métodos heterodoxos que les hará ver la luz y la posibilidad factible de escapar al determinismo de la pistola y las lunas rotas. Banderas es el improbable maestro de baile que inculca en sus reacios discípulos el amor por el baile de salón pertinentemente adulterado con ritmos y cadencias de la cultura musical urbana. Por arte de magia y milagro los espabilados chavales se vuelven de la noche a la mañana en unos bailones portentosos capaces de ganar un concurso de ámbito nacional con apenas cuatro o cinco lecciones de Foxtrot y tango sin formación previa. Todo es de mentira en esta fábula de diseño y mampostería de pega donde las emociones son efervescentes y los vínculos sentimentales de manual. No es que pretenda ser mucho más que un entretenimiento populista con subtextos de superación y esperanza desde el pozo, pero se nutre de una superficialidad difícilmente digerible, de un gusto y regusto por el típico tópico que ni las buenas maneras del zorro Banderas en la pista pueden esconder o desviar la atención de un drama exageradamente ingenuo, de esos que uno tiene la sensación de haber visto previamente una y mil veces. Mismos perros con distintos collares. Déjate llevar es un indiscriminado compendio de arquetipos y estrategias almibaradas, un atracón de azúcar y didactismo de andar por casa. Sencillamente el mundo extrarradial sórdidopero con desvíos a una esperanza cien por cien hollywoodiense de Déjate llevar no existe, sus depresiones con guinda y caramelo, sus malas calles de fábula infantil constituyen una geografía de la superación simple y llanamente imposible. La realidad muerde, no amaga con hacerlo, por mucha encantadora reinserción que Friedlander proponga como vía de escape o alternativa. Déjate llevar es absolutamente improbable y por mucho que nos vendan que se trata de una historia real, cualquier parecido con la realidad de carne y hueso, legítimas concesiones románticas aparte, es mera coincidencia.

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