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Manderlay

Manderlay - Cartel
Título V.O.
:
Manderlay
Año de producción:
2005
Distribuidora:
Golem
Género:
Drama
Clasificación:
No recomendada menores de 13 años
Estreno:
10 de febrero de 2006
Director:
Lars von Trier
Guión:
Lars von Trier
Fotografía:
Anthony Dod Mantle
Intérpretes:
Willem Dafoe, John Hurt, Udo Kier, Danny Glover, Jean-Marc Barr, Lauren Bacall, Isaach De Bankolé, Chloë Sevigny, Jeremy Davies, Bryce Dallas Howard, Michäel Abiteboul, Geoffrey Bateman, Virgile Bramley, Ruben Brinkman
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Fotogramas de la película

Sinopsis

En 1933, el padre de Grace y su grupo de maleantes abandonan Dogville en busca de un nuevo emplazamiento para cazar. Por casualidad, en el estado de Alabama encuentran una roca de granito con la inscripción 'Manderlay'. Una chica negra golpea el coche y Grace le acompaña, desoyendo los consejos de su padre. Cuando entran en Manderlay, Grace descubre un poblado que vive en las mismas circunstancias que 70 años antes. La esclavitud está vigente y Grace se ve en la obligación de liberarlos y contratarlos para la primera cosecha. Su padre decide abandonarla con cuatro de sus secuaces y un abogado y le advierte de que el no estará allí cuando su plan se trunque. El ambicioso director danés Lars Von Trier se ha basado en la novela 'Historia de O', escrita en 1954 por Pauline Réage en el que se narra la rebelión de un grupo de esclavos contra su dueño una vez que éstos hanobtenido la libertad. Esta es la segunda parte de una trilogía que comenzó con 'Dogville' y que finalizará con 'Washington'. Para esta segunda experiencia ha contado con Bryce Dallas Howard (El grinch), Isaac De Bankolé (Los soprano), Danny Glover (Maverick, Saw), Jeremy Davis (Dogville), Willem Dafoe (The aviator, Spiderman) y la veterana Lauren Bacall (Pret-a-Porter, Asesinato en el Orient Express).

Crítica

Uno de los activos principales de Dogville era el factor sorpresa, la estupefaciente puesta en escena, por novedosa y por ser propuesta de una nueva morfología en el lenguaje escénico cinematográfico. Manderlay, su secuela, juega con las cartas marcadas, con el hándicap de que el espectador sabe lo que va a ver, conoce los entresijos iconoclastas del desafío de Lars Von Trier y eso que, no nos engañemos, era la madre del cordero en Dogville, ya no juega a favor, sino probablemente en contra por aquello de que lo que ayer era nuevo hoy sabe a viejo. Es muy probable que Manderlay sea más de lo mismo y que, seguro, Wasington, tercera y última pieza de la trilogía sobre los contraluces de la civilización norteamericana, sonará a bote pronto a disco rallado, pero la perspectiva del tiempo va a jugar a favor del tríptico porque más allá del delirio estético minimalista del invento, Manderlay, como Dogville, es un fascinante fresco del comportamiento humano, un perverso juego de desafíos extremos, maquiavélica probeta de disección de perfidias e instintos bajos de toda índole. Manderlay es tan buena como Dogville, tan astuta, incisiva y desasosegante, estructurada en ocho capítulos y narrada, con el impagable vozarrón de John Hurt, cual si fuera una fábula, tiene idéntico efecto hipnótico, la misma capacidad de asediar subconscientes y plantear patologías universales y minusvalías morales sin autocensura, llamando a las cosas por su nombre y sacando seguramente de quicio a los paladines de lo políticamente correcto. Von Trier es un seductor nato, un embaucador de primera y con una querencia megalomaniaca que tira de espaldas, pero cuando contiene la vena autocomplaciente es capaz de lo que casi nadie, de abstraerse de lo real para diseccionarlo, de moverse en una inopia/limbo de arquetipos de ambigüedad moral y humanidad infecta, irresistibles, poliédricas radiografías cuasi sociológicas de una modernidad plena de contrastes y paradojas. Manderlay es un fenomenal tirón de orejas a Bush ysus políticas de invasión y diseño de democracias. Von Trier concluye que la democracia es materia de conquista, no de graciosa concesión, que la libertad es un concepto absolutamente relativo y maleable según llueva, y lo hace consciente del riesgo que implica hurgar tan hondo en las debilidades del inconsciente colectivo. No se trata tanto de imponer sentencias, ni de promover extravagancias esteticistas con moraleja, sino de someter a tercer grado a las inapelables verdades de los impolutos regímenes occidentales. Manderlay, como Dogville, es un infierno, un rincón oscuro de la conciencia al que a uno le da pavor mirar. Un provocativo juego de mesa sin reglas -con una espléndida Brice Dallas Howard como cicerone y portavoz de la inmensa mayoría- que da seguramente argumentos intachables para que sus detractores lo odien aún más si cabe y sus admiradores sigan aplaudiendo la agitación ética y estética que, guste o no, su cine produce en cantidades abundantes.

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