España se acerca sin freno a completar su tercer año consecutivo de desgobierno. En estas mismas fechas de 2015, el entonces presidente Rajoy estaba a punto de cumplir su primer mandato y se preparaba para convocar las elecciones que se celebrarían en diciembre. El PP disfrutaba de una holgada mayoría absoluta, pero ese tiempo de comodidad parlamentaria iba a expirar. Las elecciones plasmaron en las Cortes Generales la realidad de un país políticamente troceado, por furioso. Tan furioso, y tan troceado, que cualquier atisbo de acuerdo entre diferentes estaba mal visto. Y, como consecuencia, no hubo tal.

El año 16 lo pasó España entretenida entre rondas de contactos del rey con los líderes políticos, negociaciones fallidas, investiduras fracasadas, inútiles espectáculos parlamentarios, enfrentamientos entre partidos y dentro de los propios partidos, repetición de elecciones en junio, y ausencia de un gobierno efectivo. Rajoy pudo, finalmente, repetir en el cargo, pero con solo 137 diputados: el presidente más débil de la democracia, hasta que llegó Pedro Sánchez.

El año 17 apenas hubo gestión ejecutiva, entre ausencia de apoyos parlamentarios y escándalos de corrupción.

En este año 18, Sánchez se lanzó de cabeza a por el poder y se lo arrebató a Rajoy. Abatió a Rajoy, en terminología de la actual ministra portavoz, Isabel Celaá. Y ahora, Sánchez gobierna con 84 diputados. Es decir, no gobierna porque no puede. La ausencia de gobierno efectivo se ha convertido en una característica de la democracia española, y los sondeos electorales no aventuran que esa situación esté cerca de terminar.

La costumbre es culpar de este y otros problemas a los políticos. Piove, porco governo. Llueve, cerdo gobierno. Culpar a los políticos permite que el ciudadano corriente se libere de responsabilidades. El chivo expiatorio es un gran desahogo. Pero la realidad es que si no hay un gobierno que pueda gobernar es porque así lo han decidido los españoles a través de su voto, reiterado hasta en dos ocasiones consecutivas: diciembre de 2015 y junio de 2016. Desde entonces, en España el gobierno está, pero no es. El presidente ocupa la Moncloa, pero apenas puede tomar decisiones desde ese palacio. No puede tomarlas porque la atomización parlamentaria no se lo permite. Y la composición del parlamento la deciden los ciudadanos.

Los españoles nos quejamos del abuso que los gobiernos hacen de las mayorías absolutas cuando las tienen, pero también de su incapacidad para gobernar cuando están en minoría parlamentaria. Y somos los españoles los que, en su día, concedimos mayorías absolutas, y quienes ahora imponemos minorías impracticables. Las cosas son como son porque así queremos que sean. La responsabilidad no siempre es de los políticos.