Uno de los incidentes más citados en los primeros anales de la guerra biológica tuvo lugar en 1346. Ese año, los mongoles catapultaron los cadáveres de sus propios soldados, infectados por la peste bubónica, sobre las murallas de Cafa, una fortaleza genovesa erigida a orillas del mar Negro e introdujeron así la temible epidemia en Europa. Tan macabro episodio ocurrió siglos antes de que la epidemiología se desarrollara formalmente, pero los científicos modernos demuestran que, incluso si los propios cadáveres no fueron el principal vector de las pulgas que propagaban la peste negra, la inhalación de los microbios de Yersinia pestis transportados por el aire y que permanecerían sobre los cadáveres y sus ropas podría haber provocado la variante respiratoria, fatal con frecuencia, de la epidemia. Para llevar a efecto un acto semejante de guerra bacteriológica, los mongoles tan solo necesitaron saber que la proximidad de cadáveres fallecidos a causa de una epidemia provocaba, casi con seguridad, nuevas muertes.

Aparte del resultado biológico de la actuación de los mongoles, el impacto psicológico debió de ser horrendo y el miedo, al fin y al cabo, ha sido siempre uno de los objetivos principales de la guerra biológica. Aterrorizar al enemigo constituyó el único objetivo de un incidente acaecido en 207 a. C., cuando los romanos catapultaron la cabeza del general cartaginés Asdrúbal al interior del campamento de su hermano, Aníbal. Es probable que la cabeza de Asdrúbal no acarreara ningún agente infeccioso aparte de los simples piojos (aunque no olvidemos que los piojos pueden propagar el tifus), pero su catapultado sirvió para desmoralizar a Aníbal, que perdió toda esperanza de recibir los refuerzos que necesitaba para conquistar Italia. De manera significativa, el propio Aníbal emplearía años más tarde catapultas para arrojar víboras venenosas contra otro de sus enemigos en Anatolia.

Por el momento, no conocemos ningún dato que nos hable de forma explícita de episodios de catapultado de cadáveres o ropajes infectados anteriores al siglo XIV, pero la propagación intencional de enfermedades por otros métodos diversos se venía practicando desde mucho antes del asedio de Cafa. Aunque los mecanismos exactos a través de los que operaban las infecciones eran todavía un misterio, los integrantes de numerosas culturas eran conscientes de que "los miasmas repugnantes y letales" que emanaban de los cadáveres infectados por una plaga, así como la ropa y otros objetos tocados por la víctima, podían resultar letales. Tal intuición hizo posible el uso discrecional como armas de guerra de animales, personas y ropajes infectados.

Un incidente narrado por el historiador Apiano, por ejemplo, nos muestra a un ejército sitiador derrotado por el contagio emanado de los cadáveres. En 74 a. C., el rey Mitrídates del Ponto emprendió un largo asedio de la ciudad de Cícico, a orillas del mar Negro. Los defensores del enclave resistieron con todos los medios a su alcance, desde el empleo de sogas rematadas en lazos para destruir las máquinas de asedio de los invasores hasta el vertido de brea ardiendo sobre las cabezas de estos. A medida que el asedio se alargaba, las tropas de Mitrídates comenzaron a resentirse del hambre y las enfermedades. Al final, "los cadáveres, arrojados en las cercanías sin que nadie los enterrara, provocaron una epidemia", lo que obligó a Mitrídates a desistir del asedio y huir. Aunque no está claro si los defensores extendieron la plaga de forma voluntaria desembarazándose de sus propios cadáveres o si los muertos pertenecían en realidad al ejército sitiador, el relato evidencia que el vínculo entre los cadáveres y la enfermedad se comprendía a la perfección.

Los historiadores griegos y latinos, en efecto, demuestran una fina percepción sobre las epidemias y advierten que quienes atendían a los enfermos solían enfermar a su vez y que los cadáveres insepultos y no cremados transmitían enfermedades. Tal y como subrayaba el historiador romano Livio en el siglo I a. C., durante las epidemias "los muertos se prueban fatales para los enfermos, y los enfermos resultan igualmente fatales para los sanos". Tucídides, en su Historia de la Guerra del Peloponeso, describió la Gran Peste de Atenas, originada según él en Egipto, difundida por Persia y Libia y llegada a Atenas en el verano de 430 a. C. La virulenta epidemia (quizá la viruela, pero con más probabilidad el tifus, el sarampión o la peste bubónica, según las diversas teorías ofrecidas al respecto por los historiadores de la medicina modernos) acabó con más de una cuarta parte de la población de la ciudad. El propio Tucídides, que se contó entre los supervivientes de la plaga, reconoció el papel que el contacto con los enfermos había desempeñado en su transmisión.

Algunos especialistas han reparado también en que los síntomas que aquejaron a Hércules cuando agonizaba víctima del manto untado en veneno de la Hidra presentan ciertas similitudes con la sintomatología de la viruela. En la versión del mito que nos traslada Sófocles, escrita, de hecho, ca. 430 a. C., mientras la peste devastaba Atenas, el dramaturgo emplea términos médicos alusivos a las pústulas y a la propia plaga para describir el abrasador tormento provocado por la túnica del héroe. Su tragedia refleja la noción de que también la enfermedad, y no solo el veneno, podía transmitirse a través de las ropas. La misma idea fue expresada también por Cedreno, el historiador que relató la Peste de Cipriano (pandemia que se extendió entre Egipto y Escocia ca. 250 d. C.), pues, según él, la enfermedad se propagaba tanto mediante el contacto directo como a través de las vestimentas.

En realidad, la conjetura de que las enfermedades podían transmitirse mediante el contacto con los enfermos y sus pertenencias personales se retrotrae mucho más en la historia, hasta la cultura del antiguo Súmer, en Mesopotamia. La evidencia en este sentido proviene de varias cartas reales inscritas en tablillas cuneiformes ca. 1770 a. C. y almacenadas en los archivos de Mari, un puesto avanzado sumerio sobre el río Éufrates. Una de estas misivas prohibía a los habitantes de una ciudad infectada viajar hasta una ciudad sana, para no "contagiar a todo el país". Otra carta describía a una mujer cuya copa, silla, cama y presencia física habían de ser evitadas debido al peligro de contraer su enfermedad, que se tenía por muy contagiosa (mustahhizu, "continúa contagiándose o avivándose", literalmente).

El término epidemiológico moderno para los objetos que, como los vasos o la ropa, pueden transmitir patógenos infecciosos es "fómites". Resulta evidente que los principios del contagio a través de fómites y de la cuarentena se comprendían ya a la perfección hace 3800 años, pero los episodios relacionados con epidemias se narraban a menudo con el empleo de un lenguaje simbólico o metafórico y se habla, por ejemplo, de "ángeles de la muerte que golpean a los ejércitos", o de dioses que disparan sus "flechas pestíferas". Debido a esta imaginería metafórica, a menudo los estudiosos han interpretado las descripciones de epidemias incluidas en los textos bíblicos o próximo-orientales y en la mitología griega como mera superstición, incluso cuando se basan en un conocimiento empírico y racional, como el que demuestran las cartas de Mari.

En este sentido, los historiadores suelen considerar el asedio de Cafa de 1346 el primer caso documentado de un intento deliberado de hacer estallar una epidemia para conseguir una victoria militar, pero en las fuentes antiguas puede rastrearse toda una serie de episodios muy anteriores en los que una u otra enfermedad es propagada con fines estratégicos. Algunos de ellos, bien es cierto, son legendarios o no concluyentes, como los sucesos de Cícico, pero muchos otros reflejan la clara voluntad de hacer enfermar a los enemigos de maneras escalofriantemente viables.

Así, el primer ejemplo claro de una tentativa premeditada de propagar una plaga se documenta en las tablillas cuneiformes de la antigua civilización hitita, desarrollada en Anatolia entre 1500 y 1200 a. C. Algunas de estas tablillas nos hablan de la conducción fuera de sus respectivas ciudades y hacia el territorio enemigo de animales y de al menos una mujer contagiados con enfermedades infecciosas; operación que se acompañaba de la siguiente oración: "Que el país que los acepte se quede también con esta terrible plaga". La intencionalidad en este caso es inequívoca y los métodos puestos en práctica para su consecución bien pudieron resultar sumamente efectivos.

Los antiguos hititas y los babilonios adoraban al dios arquero Erra, del que se creía que disparaba flechas pestíferas contra los enemigos durante las conflagraciones militares. En la mitología griega, era el dios Apolo quien destruía ejércitos enteros con sus dardos infecciosos invisibles, o bien enviando plagas de roedores, ampliamente reconocidos en la Antigüedad como transmisores de la peste. Estas imágenes míticas reflejan la circunstancia de que las epidemias con frecuencia coinciden con las invasiones militares, debido, entre otras cosas, a las condiciones de superpoblación e insalubridad a las que se ven sometidas ciertos enclaves, el estrés, la falta de alimentos y agua potable, las plagas de roedores y otros vectores infecciosos y la exposición a nuevos tipos de gérmenes. Pese a todo, cuando las gentes de la Antigüedad imploraban a los dioses que desataran la pestilencia entre sus invasores, las enfermedades que no tardaban en hacer su aparición entre las fuerzas enemigas eran vistas como una respuesta a sus plegarias. En un episodio documentado en el siglo IV a. C., por ejemplo, los habitantes de Passero (Sicilia) rezaron a Apolo para que golpeara a la flota cartaginesa, visible ya en lontananza, con la peste; y, en efecto, en 396 a. C. una epidemia devastadora estalló entre los cartagineses, lo que les obligó a desistir de sus planes de atacar Sicilia.

Pero no hubo de pasar mucho tiempo antes de que ciertos individuos comenzaran a preguntarse si, en vez de simplemente confiar en sus ruegos a los dioses, no podrían ellos mismos tomar la iniciativa y propagar las enfermedades y demás calamidades biológicas entre sus adversarios mediante ciertas medidas fáciles de verificar, como hicieron los hititas enviando a sus animales infecciosos a territorio enemigo. Algunos autores han especulado incluso si las diez plagas que Moisés invocó sobre Egipto (ca. 1300 a. C.) no representarían otro episodio aún más temprano de la "instrumentalización de la naturaleza para la consecución de fines estratégicos".

Y es que, a tenor de todo lo antedicho, podemos contemplar la posibilidad de que la primera plaga, la marea roja del Nilo que mató a todos los peces y contaminó el agua potable, fuera en realidad el resultado de una corrupción deliberada del río por parte de los israelitas. Según el Éxodo, los "magos" del faraón fueron capaces de reproducir un fenómeno similar, lo que les colocaría entre los primeros bioquímicos de la historia. Desde luego, las estrategias para envenenar los peces de una masa de agua determinada con el vertido de raíces pulverizadas o de plantas letales mezcladas con productos químicos tóxicos como la cal, también eran practicadas en el Mediterráneo por los romanos de época arcaica, como reconoce Plinio el Viejo. La contaminación de color rojo sangre de las aguas del Nilo, no obstante, pudo derivarse también de un fenómeno natural, como una floración de algas o una corriente puntual cargada de sedimento rojizo.