Homenaje a la Librería Rafael Alberti

ÓSCAR ESQUIVIAS. ESCRITOROPINIÓN
Óscar Esquivias.
Óscar Esquivias.
JORGE PARÍS

La Librería Rafael Alberti de Madrid tiene una preciosa fachada decorada con azulejos diseñados por el propio poeta, en los que se ven palomas y la cifra de su nombre, con una "erre" y una "a" mayúsculas, entrelazadas como en un paso de baile. En realidad, debería escribir "la Alberti", porque así es como se la conoce popularmente, como si fuera una gran dama de los escenarios, al estilo de la Xirgu o la Callas.

La Alberti abrió sus puertas en noviembre de 1975 (el mismo mes en el que el dictador Franco murió). La fundó Enrique Lagunero con un espíritu bien aguerrido, pues la plantó a dos pasos del cuartel general del Ejército del Aire, en el barrio de Argüelles (de hecho, el nombre de la calle Tutor, donde se sitúa, alude al propio Agustín Argüelles, el gran político liberal que, con escaso aprovechamiento por parte de la tutelada, se encargó de dirigir la educación de la reina niña Isabel II).

Esa vecindad de la librería con las severas agujas neoherrerianas y con lo castrense le dio a Lagunero no pocos problemas (atentados incluidos) en aquellos años de la Transición, porque la Alberti ha sido siempre un símbolo del Madrid progresista e ilustrado. Hay que recordar que en 1975 el poeta vivía exiliado en el extranjero y que el Partido Comunista era ilegal. Rafael Alberti, por esas paradojas del destino, tuvo antes una librería con su nombre que casa en Madrid. Quienes no vivieron esos años pueden hacerse una idea del ambiente social de entonces leyendo la novela de Almudena Montero No hay sitio para el miedo (Ediciones del Viento, 2014), cuya acción sucede en estas mismas calles de las que estoy hablando. Por fortuna, Rafael Alberti regresó a España en 1977 y terminó instalándose en la zona, en la cercana Torre de Madrid (no sin que algún intolerante mostrara su desagrado: según cuenta Benjamín Prado, en la puerta del apartamento de Alberti alguien estuvo pegando, durante meses, un sello de Correos con el rostro de Franco: esta aparición fantasmal y filatélica del invicto Caudillo fue la visita más asidua que tuvo el poeta durante aquel tiempo).

Cada uno de los libreros de la Alberti ha dejado su huella: en los años 70 abundaban en el escaparate los ensayos sobre temas políticos y económicos, muy del gusto de Lagunero; luego, cuando Jaime Lucía, Santiago González y Lola Larumbe tomaron las riendas del comercio a partir de 1980, se volcaron en lo literario; desde hace muchos años se han especializado en organizar presentaciones de libros y encuentros con escritores. La excelencia de la Alberti la ha hecho merecedora del Premio Bibliodiversidad (2004), concedido por los editores independientes madrileños, y el Premio Librero Cultural (2005) que otorgan el Ministerio de Cultura y la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL).

Estos días, la Alberti ha sido noticia, pero no de la sección cultural sino de la de sucesos. Una imprudente obra en el piso superior ha reventado el circuito de la calefacción central de todo el edificio y ha descargado miles de litros de agua caliente sobre los libros. Las zonas más afectadas por la inundación y los desplomes han sido la sección infantil y el sotanillo donde se celebran los llamados "encuentros" de la Alberti. Allí, en esa sala donde cualquier reunión tiene el aire de una fiesta clandestina o de una conspiración ilustrada, es donde algunos de los mejores poetas y escritores de nuestro país (y de fuera, pienso en el rumano Mircea Cărtărescu) han hablado con sus lectores, con una intimidad como no se encuentra en ningún otro sitio.

Los libreros actuales (Lola Larumbe, Laura Vila, Isabel Hernández, Iñaki Lucía y Miguel Martín) han anunciado que, pese a la catástrofe, continuarán con su actividad. No me extraña. Hace unas semanas, en el último número de la revista Eñe, se publicó un artículo de Lola Larumbe. La primera frase es: "Soy librera".

Con eso está dicho todo.

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