El compositor Luis de Pablo cumple este domingo 88 años (he estado tentado de escribir 88 añitos, pues su vitalidad y su ímpetu creativo siguen siendo los de un muchacho joven, lleno de curiosidad, talento e inquietudes). Junto con Cristóbal Halffter (quien también nació en 1930), Luis de Pablo es el decano de la música española. Su plenitud de facultades y la belleza y originalidad de su música (por no hablar de su importancia histórica como promotor de la vanguardia o el decisivo magisterio que ha ejercido sobre las siguientes generaciones de compositores) deberían ser un motivo de constante celebración y agradecimiento, aunque los gerentes, patronos y directores musicales españoles no deben de pensar lo mismo: sorprende mucho su casi absoluta ausencia de la programación de las orquestas y de los teatros de ópera de nuestro país. ¿Qué otra manera hay de homenajear a un compositor que interpretar su música y encargarle nuevas obras? Si no, los elogios que se le puedan hacer desde las instituciones musicales se quedan en retórica vana y se vuelven sospechosos. Sería como pretender celebrar el IV centenario del nacimiento de Murillo solo con palabras bonitas, escondiendo concienzudamente sus cuadros en el sótano de los museos.

Hay al menos dos excepciones importantes: en Bilbao (ciudad natal del compositor) se estrenará en marzo un concierto para acordeón y orquesta que Luis de Pablo ha titulado Amicitia, acompañada por dos obras de Ígor Stravinski. Me da cierta melancolía pensar que no se podría haber elegido ninguna composición escrita por Stravinski a la misma edad que tiene Luis de Pablo hoy, pues la última obra importante del autor ruso fueron los Requiem canticles, que terminó a los 84 años (el compositor murió a los 89). Por su parte, la Escuela de Música Reina Sofía le ha encargado una obra orquestal que se estrenará en Madrid en abril, titulada En memoria de...

Luis de Pablo, pues, sigue felizmente activo y, a diferencia de Stravinski, no ha escrito aún un réquiem con el que despedirse del mundo, aunque tiene una sorprendente obra –una de mis favoritas– titulada Los novísimos que trata, precisamente, sobre las postrimerías del ser humano. En la larga trayectoria del artista vasco hay composiciones de todo tipo, estilo y técnica, pues la innovación ha sido una de sus constantes. Si pienso en los rasgos que más me gustan de la música de Luis de Pablo, lo primero que se me ocurre es el aire de profundo misterio que tiene su obra (Frondoso misterio se titula, con un verso de Gil Albert, su concierto para violonchelo), la delicada belleza tímbrica de sus composiciones, el amor con que hace sonar a los instrumentos más variados (a veces en combinaciones insólitas); también me maravilla su sensibilidad hacia la poesía. De Pablo ha puesto música a versos y prosas poéticas de autores clásicos y contemporáneos (entre los últimos, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Juan Gil Albert, Mercè Rodoreda, José Manuel Caballero Bonald, José Miguel Ullán o Pere Gimferrer, por citar solo a algunos españoles).

Luis de Pablo es, seguramente, el operista más importante de la historia de nuestro país. En 2015, cuando se presentaron los actos para conmemorar el vigésimo aniversario de la reapertura del Teatro Real, se anunció el estreno de su sexta ópera, El abrecartas, con libreto de Vicente Molina Foix, quien ha adaptado su novela homónima (De Pablo y Molina Foix forman una especie de pareja artística a lo Mozart y Da Ponte, con tres óperas en su haber). Pero desde tal anuncio no se ha vuelto a saber nada del estreno. El Teatro Real debería fijarlo sin dilación porque todos los amantes de la música contemporánea estamos deseando conocer una obra que, con tanto retraso, corre riesgo de ser póstuma (lagarto, lagarto).

Por lo demás, ¡feliz cumpleaños y larga vida, maestro!