Si a algún niño de mi generación se le ocurría decirles a sus padres que se aburría, la respuesta inmediata que recibía era "¡Cómprate un mono!", lo que significaba que el chaval debía aprender a entretenerse solito.

En aquel tiempo, el mono más popular era Chita, la de Tarzán, animal que no me hacía especial gracia, así que no entendía yo el atractivo de tener un mono como mascota. Para colmo, cuando por fin vi uno de verdad, casi me arranca el dedo de un mordisco.

El caso es que los monos llevan entreteniendo con sus monerías a la humanidad desde los orígenes de la civilización, si no antes. En una tablilla mesopotámica se cuenta una fábula muy divertida. Es la carta de un monito a su madre: le detalla, entusiasmado, las magníficas ciudades que ha ido conociendo desde que trabaja en el circo, pero también se lamenta de la comida que le sirven, que le parece repugnante. "¡Mándame tus guisos, es urgente, me moriré si no lo haces!", le suplica a la mamá mona (allí, con caracteres cuneiformes, empezó el largo camino para que la palabra ‘táper’ haya entrado en la Real Academia).

Los monos de feria han acompañado a los artistas ambulantes desde esos tiempos tan lejanos. En Europa fueron también animales de compañía de los potentados, incluidos los eclesiásticos, que demostraban así su riqueza. En 1679, por ejemplo, el arzobispo de Burgos tenía un monito amaestrado con el que jugaba cada vez que tomaba tabaco (lo cuenta Madame D’Aulnoy).

Antaño también encontraban divertido emborrachar a los monos. Sebastián de Covarrubias nos da detalles: las "monas apetecen el vino y las sopas mojadas en él, y hace diferentes efectos la borrachez en ellas, porque unas dan en alegrarse mucho y dar muchos saltos y vueltas, otras se encapotan y se arriman a un rincón, encubriéndose la cara con las manos. De aquí vino llamar ‘mona triste’ al hombre borracho que está melancólico y callado y ‘mona alegre’ al que canta y baila y se huelga con todos". Y por eso también llamamos "mona" a la borrachera y dormimos "la mona" cuando el alcohol nos tumba. Los monos llevan entreteniendo con sus monerías a la humanidad desde los orígenes de la civilización

En estos momentos está en la cartelera el documental Muchos hijos, un mono y un castillo. Lo ha dirigido Gustavo Salmerón y en él cuenta la historia de su familia, especialmente la de su madre, Julita. El título resume las aspiraciones que tenía esta mujer de joven: criar una familia numerosa, comprarse un mono y vivir en un castillo. Son los sueños de una niña educada en los valores del franquismo y con ciertos delirios de grandezas. Los tres los consiguió (el último gracias a una herencia millonaria con la que pudo adquirir un verdadero château que llenó de armaduras, antigüedades variopintas y también de corderos, cerditos y pavos reales, como una D’Aulnoy española).

Vi la película en una sesión corriente de un día cualquiera. Quiero decir con esto que el público había pagado su entrada y no estaba compuesto por familiares ni amigos de los Salmerón y, por tanto, seguía esta historia familiar sin ningún vínculo afectivo. Al final sonó un aplauso espontáneo, algo que yo no oía en un cine comercial desde hacía décadas.

No era para menos: Julita, la protagonista, es un animal escénico cuya presencia en la pantalla resulta hipnótica, como la de una grandísima actriz. Sus palabras son una fuente de carcajadas, aunque a veces se hiela la risa cuando confiesa su incapacidad para demostrar amor, sus miedos e insatisfacciones, incluso su momentáneo cansancio de la vida. Ya es una anciana, pero en realidad nunca ha dejado de ser una niña fantasiosa. Una niña, además, con un monito (aunque no lo necesita para entretenernos).

Gustavo Salmerón demuestra mucho talento y valentía. Su historia, de algún modo, es un monumento a todas las madres: esos seres extraordinarios, a veces desesperantes, siempre tan amados (y necesitados de amor) y, en el fondo, tan misteriosos.