El cuerpo como patria

ÓSCAR ESQUIVIAS. ESCRITOROPINIÓN
Óscar Esquivias.
Óscar Esquivias.
JORGE PARÍS

Hay unos versos del poeta canario Nicolás Estévanez que dicen: "Mi patria es de un almendro / la dulce, fresca, inolvidable sombra".

A mí me gusta mucho esa imagen, porque el almendro es un arbolito muy simpático, el primero en florecer, que a menudo crece en huertecillos, junto a las colmenas y cerca de donde pastan las ovejas, en un paisaje que parece del Cantar de los cantares. Las fronteras que dibuja su sombra no son, me parece a mí, una mala patria (es un país de almendras, miel y canto de pájaros, una patria efímera y pacífica que desaparece con el sol).

Pero, ay, a Miguel de Unamuno estos versos le sacaban de quicio y los tomaba como el ejemplo máximo de la exaltación aldeana. Llegó a escribir: "¡Pobre del que no tiene otra patria que la sombra de un almendro! Acabará por ahorcarse de él!".

'Patria' es una palabra que se ha vuelto muy antipática. Parece imposible pronunciarla hoy sin que, inmediatamente, todo cuanto uno diga se vuelva agresivo, solemne o fatuo (salvo que uno se acuerde de los poemas sinfónicos de Smetana o de la estupenda novela de Fernando Aramburu, claro). En el lenguaje político es un término enfermo de hidrofobia, hasta el punto de que a veces pienso que deberíamos ponerlo en cuarentena y apartarlo de nuestra conversación (y hasta del pensamiento), a ver si nos calmábamos.

Y si lo usamos, estaría muy bien aplicarlo solo a personas (pero de una en una, no a pueblos ni a territorios), al modo de Pablo Neruda cuando dice: "Mi patria está en tus ojos, / yo camino por ellos, / ellos dan luz al mundo / por donde yo camino".

Quizá al final de ese sendero haya un almendro, cuya sombra es tan propicia para el amor.

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