En 1841, mes y medio antes de cumplir veintisiete años, el poeta Lérmontov murió en un duelo con pistolas. Solo cuatro años antes había fallecido en idénticas circunstancias otro gigante de las letras rusas, Pushkin, cuya edad (37 años) casi nos parece provecta si la comparamos con los veinte añitos del matemático Évariste Galois, quien perdió la vida en 1832 en otro duelo, seguramente por una disputa amorosa.

Estos desafíos en el campo del honor han quedado como una imagen prototípica del Romanticismo: el reto, los padrinos, la cita en un descampado al amanecer… En las obras literarias de Pushkin y de Lérmontov abundan los duelos con armas de fuego, casi prefigurando su propio destino.

Uno de esos combates imaginados por Pushkin (el que enfrenta a Lenski y Oneguin) se convirtió en el más famoso de la historia de la ópera gracias a la música de Chaikovski en Eugenio Oneguin. Esta composición se estrenó en 1879 y quizá sería muy distinta sin la influencia de otra ópera, El demonio, cuatro años anterior y firmada por Antón Rubinstein, maestro de Chaikovski y compositor hoy casi olvidado.

El demonio está basada en un poema de Lérmontov y narra el enamoramiento de un diablo por una muchachita, la dulce Tamara. No hay aquí un duelo con pistolas, pero sí una batalla interior desgarradora entre las fuerzas del bien y del mal y una exaltación del poder redentor del amor (que consigue hasta el arrepentimiento de un ángel caído). Ahora este demonio anda suelto por España y la ópera se representa, maravillosamente, en el Liceo de Barcelona. Desde que la vi, suenan en mi cabeza unas melodías bellísimas que me acompañan como un ángel de la guarda.