Gustará más o gustará menos la forma de hacer política de Pedro Sánchez. Lo que nadie podrá decir es que no arriesga. De hecho, se instaló en el riesgo desde el día en que se lanzó a competir en las primarias del PSOE de 2014 frente al previsible ganador, Eduardo Madina. Pero los militantes del PSOE tienen su propia opinión sobre quién debe ganar, y habitualmente optan por aquel candidato que se presenta contra el criterio del aparato. Sánchez empezó a vivir la política peligrosamente.

Encabezó la lista del PSOE en 2015 y consiguió 90 escaños, el peor resultado de la historia del partido. A pesar de eso, se presentó a una investidura, y perdió. De nuevo encabezó la lista del PSOE en las elecciones de junio de 2016, e instaló el récord negativo de su partido en los 84 escaños. El Comité Federal le forzó a dimitir, y abandonó su acta de diputado. Pero volvió a arriesgar en las primarias socialistas y subió la apuesta: ganó a Susana Díaz. Ahora, sin ser diputado, con solo 84 escaños, y habiendo perdido dos elecciones con los peores resultados históricos de su partido, Pedro Sánchez puede ser el presidente Sánchez.

La duda es cómo se gobierna en esas condiciones. El nuevo presidente quiere hacerlo en solitario, pero tendrá la compañía, previsiblemente incómoda, de las amistades que le han llevado hasta la Moncloa: Podemos, independentistas catalanes, PNV, y hasta Bildu. Promete cumplir con los Presupuestos de Rajoy, rechazados por el PSOE hace apenas una semana. Y promete abrir un diálogo político con Joaquim Torra, al que calificó de racista y al que comparó con Le Pen hace solo unos días.

Dicen que la política hace extraños compañeros de cama. Y, dada la habilidad de Pedro Sánchez para sobrevivir colgado de un alambre, que nadie descarte que haya presidente para una temporada larga. Después, las urnas darán o quitarán razones.