No seré yo quien tire por tierra la resurrección del Real Madrid de la mano de Santi Solari y de Vinicius con la colaboración inestimable de la UD Melilla. El resultado 0-4 ha sido merecido con un Madrid que, con testosterona y buen juego, dejó sentenciada la eliminatoria y confirmó (modo ironía) que Julen Lopetegui sobraba desde hace tiempo en el banquillo madridista.

Tampoco seré yo quien le apague la llama de la ilusión a los madridistas después de ver cómo ha subido Odriozola por la banda para terminar dando pases de gol o después de ver la diferencia de Vinicius con respecto a otros candidatos a Balones de Oro que en este inicio de temporada ha desesperado a propios y extraños.

Ni mucho menos seré, por si lo estaban esperando, quien niegue la magnífica dirección de Solari desde el banquillo, acertando con su primera alineación rodeado de canteranos del Castilla y, eso sí, con tan sólo dos candidatos (Ramos y Benzema) al Balón de Oro, lo que sin minimizaba los errores del entrenador si es que no se llegaba a golear a la UD Melilla.

Pero sí seré el que les recuerde a los madridistas que lo que hizo el Real Madrid era lo más normal que tenía que suceder. Jugaban contra un equipo de Segunda B y el Madrid estaba lleno de rabia y con muchísimas ganas de revancha contra el mundo después de las críticas por el 5-1 del Barça y por culparles en buena parte del despido de Lopetegui, que no fue capaz de sacarle todo el provecho a una plantilla de campeones.

Ojalá que a Santiago Hernán Solari todo le salga bonito. Que sus decisiones sean las más acertadas. Que la plantilla dé la talla. Que Benzema siga marcando goles y no sólo en el debut de sus entrenadores. Que Vinicius sea el que parece y no se quede en un Robinho más y que las turmas de sus jugadores no les pesen y no sólo las usen contra un Segunda B y sí en todos los partidos en los que defiendan la camiseta del Real Madrid.