El desastre se veía venir (algo así como lo de España en Eurovisión), pero nadie lo quiso aceptar hasta que los tiempos lo confirmaron: McLaren no ha llegado preparado para las 500 millas de Indianápolis. El fracaso del proyecto liderado por un Zak Brown que tarda en presentar su dimisión ante la junta de accionistas del equipo de Woking se consumó por apenas 19 milésimas.

Fernando Alonso hipotecó su sueño de la Triple Corona por lealtad. Podría haber llamado a muchas otras puertas, y de hecho lo hizo, pero los cantos de sirena de los que fueron sus últimos jefes en la Fórmula 1 le hicieron aceptar la apuesta. Desde el primer día, se demostró que los hombres de McLaren no estaban en condiciones de pelear ya no por la victoria de Indy, que eso es algo a lo que pueden optar muchos, sino siquiera para el mínimo de la clasificación.

De ver cómo Toyota le da un campeonato en bandeja, merced a un coche infinitamente superior, ha visto cómo de nuevo un coche naranja papaya le vuelve a romper sus sueños. Lo hicieron en 2007, cuando Ron Dennis destrozó cualquier opción de verle triunfar por tercera vez en la Fórmula 1, y luego una década después con un equipo que iba (y va) como pollo sin cabeza por el paddock del Gran Circo.

¿Es factible que Alonso vuelva a confiar en ellos? Sin duda. ¿Es lo recomendable? Ni mucho menos. ¿Es que nadie puede asesorar bien a uno de los mejores deportistas españoles de todos los tiempos y decirle que huya de McLaren como si fuera el diablo?