Este sábado, los jubilados toman de nuevo las calles en defensa de unas pensiones dignas y de un sistema basado en la solidaridad entre generaciones, sobre el que distintos indicadores proyectan sombras inquietantes.

Sin duda, estamos ante uno de los grandes retos del país. Como dice el catedrático Eduardo Bandrés, director de Economía Pública y Bienestar de Funcas, nuestro sistema de pensiones, que ha sido uno de los grandes logros de la democracia, necesita adaptarse a las tendencias económicas y demográficas a largo plazo para que los ajustes que sufra en el futuro preserven su función solidaria.

En la presente coyuntura, la movilización traduce un nuevo descontento de los que ha dejado la crisis y que se activan, día sí y día también, con la utilización de las noticias sobre la recuperación. Aunque las cifras que traen empleo sean ciertas, lo son también las que reflejan que las desigualdades han crecido y que los servicios públicos tienen menos recursos. Son parámetros que subyacen en cada protesta, desde las independentistas y de jubilados, a las de policías y guardias civiles, y que han tenido su cénit en la impresionante movilización del Día de la Mujer. Ahí estaba todo: desigualdad, injusticia, abusos, brecha económica… y una alianza imbatible: las madres que lucharon por la igualdad y las hijas que sienten que viven en un auténtico tocomocho.

Hace unos meses, un portavoz del Gobierno confesaba que, como apenas había gestión política por la falta de presupuestos y por la parálisis parlamentaria, se afanaban en hacer ‘comunicación’. Sin duda, poca cosa para contrarrestar las sensaciones de los perdedores y los enfadados, alimentadas a su vez por un juego político tacticista que vive desde hace décadas de arrojarse las malas noticias. En un marco de horror y pelea permanentes, las buenas posiciones de España en ránkings de todo tipo más afrentan que consuelan.

Otro brillante catedrático, Antón Costas, tiene muy bien descrito el descontento con el símil del atasco en la autopista. Cuando todos estamos parados, prima la resignación; pero cuando un carril avanza y además coge velocidad, el que sigue quieto, al ver que ni se mueve ni le hacen sitio, intenta cruzarse y bloquear el paso. Por eso, al grupo de los frenados, los rankings les duelen.

Y han salido a protestar socavando el papel de mediadores de los partidos políticos. En las últimas y exitosas manifestaciones, denominadores comunes han sido la transversalidad y estar organizadas por grupos ajenos a organizaciones políticas o sindicales.

La depreciación de la necesaria labor de los partidos es otro de los grandes daños colaterales de esta crisis en todo el mundo. Para superarlo, vamos a necesitar luces largas. Empezando por los discursos de los propios partidos, especialmente los tradicionales, que no parecen evolucionar junto a la sociedad a la que representan. Un estudio internacional, Encuesta mundial de valores, concluye que, hoy, el eje izquierda-derecha no es representativo de las posiciones políticas de la mayoría de la población. Según las teorías clásicas, la izquierda se define por su intervencionismo en lo económico y su liberalismo en lo social. Mientras, la derecha sería restrictiva en lo moral y liberal en lo económico. Hoy, esas coordenadas difícilmente coinciden con el pensamiento de las mayorías, que son una permanente hibridación. Si una persona es liberal en lo económico también suele serlo en lo social; y quien tiene vocación de control la aplica todo el rato. Precisamente, la frecuente disonancia entre los cánones y la vida real de las personas que los defienden forma parte de las razones del descrédito político presente.

Los partidos que lean mejor la trenza que forman la teoría y la vida, sin superioridades morales ni sectarismos que solo valen para postureos de salón y el amor del propio grupo, tendrán mejores perspectivas en este momento de cambio que anuncia el éxito de las manifestaciones. La de este sábado, convocada básicamente por Whatsapp y redes, quizá impresione otra vez. Y al cabo, cuando estemos de nuevo ante las urnas, echaremos nuestro voto: una manifestación íntima y secreta.