Si de algo no se puede acusar al presidente de la Generalitat y líder de los socialistas valencianos, Ximo Puig, es de no ser coherente y de no tomar partido. Su dimisión en bloque el pasado miércoles junto a otros 16 miembros de la Ejecutiva del PSOE desató la tormenta más dañina, y ya ha habido unas cuantas, de los últimos tiempos en el socialismo español.

Puig interpretó su renuncia en clave básicamente valenciana, y la justificó por el desplante y la deslealtad que a su juicio supuso la negativa de Pedro Sánchez a la Entesa valenciana de izquierdas que Puig propuso para la candidatura al Senado.

La relación entre ambos nunca fue fluida, por decirlo suavemente. Puig tiene sus motivos para dimitir, un procedimiento perfectamente democrático, como él mismo dijo el pasado jueves. Lo que choca es verlo en esa concertación de líderes territoriales cuyo principal punto en común es la aversión a Sánchez. Porque, más allá de eso, ni han planteado un programa político o ideológico alternativo ni han especificado las causas reales del motín contra el líder.

La jugada es arriesgada para Puig por el fondo y la forma, y sobre todo por el momento. Cualquier camino que tome el PSOE respecto a la gobernabilidad tiene sus inconvenientes y el momento político no podía ser peor para una crisis de este calado. El jefe del Consell no gobierna en solitario y deberá mantener sus propios equilibrios internos y externos. Veremos.