En un principio pudiera parecer una pregunta absurda, pero ¿quién es el propietario de las grandes figuras de la literatura o el cine? ¿A quién pertenece el Quijote, Hamlet, Harry Potter o Han Solo? ¿Quién tiene derecho a decidir cómo debe ser el pasado y el futuro de personajes bienamados de obras artísticas que han alcanzado el corazón de millones de personas y se han convertido así en universales? Antes de que los fans tuviesen una buena forma de organizarse no había ninguna duda: los personajes 'pertenecían' a sus autores, que tenían derecho a modificar sus historias, como hiciera Cervantes en la segunda parte del Quijote para recuperar su creación de manos del autor de la segunda parte apócrifa, Alonso Fernández de Avellaneda.

En principio los autores tenían incluso la posibilidad (y el derecho) de matar a sus personajes cuando se hartaban de ellos. Pero cuando sir Arthur Conan Doyle intentó deshacerse de Sherlock Holmes, que le había hecho famoso y rico pero que se había acabado convirtiendo en una losa sobre su carrera literaria, descubrió algo interesante: su creación ya no era enteramente suya. Durante ocho largos años los fans del detective británico presionaron incesante e intensamente al autor hasta que sir Arthur no tuvo más remedio que ceder y 'resucitar' a Holmes en una novela en la que revelaba que su muerte había sido falsificada. Este regreso marcó el inicio de una tendencia que internet ha llevado al paroxismo: los personajes, en especial aquellos que tienen éxito y se abren paso en el corazón de millones, ya no son solo de sus autores. Ahora los creadores tienen que contar con la otra parte: los fans.

Este poder de quienes adoran a los personajes de ficción puede llegar a tener consecuencias paradójicas, como cuando ciertos fans de Star Wars desean que fracase la nueva película de la saga (Solo, una historia de Star Wars) para hacer saber a los propietarios de este universo cinematográfico que detestan la dirección en la que la están orientando. Los más aficionados son precisamente los que quieren que fracase, porque no les gusta lo que los creadores están haciendo.

Y por supuesto lo que hagan estos aficionados cuenta: puede suponer diferencias de cientos de millones de dólares en la recaudación de las películas, algo nada desdeñable. La presión ejercida en los foros y en los blogs de los aficionados se puede acabar traduciendo en mucho dinero perdido. De manera que los propietarios de los grandes personajes, sus creadores y dueños de sus derechos, están aprendiendo a escuchar.

Al hacerlo están modificando un principio básico de la publicación en la era preinternet, una especie de dogma según el cual las creaciones artísticas fluyen desde los autores y a través de los editores hasta los lectores/contempladores, y jamás al contrario; que la información solo tiene un camino en dirección arriba-abajo sin que haya posibilidad ninguna de un retorno. Y están abrazando, forzados por las circunstancias, algo mucho más interesante que se parece bastante a una participación colectiva en el acto creativo. Debido a las realidades de la comunicación personal de alcance mundial y de la economía de escala de la creación moderna estamos desarrollando el autor colectivo: una situación en la que un creador tiene una participación original y primaria, pero después millones de personas que se involucran desean participar. Y lo hacen, con sus opiniones, con sus campañas de presión y con su cartera.

Si lo pensamos bien, no es más que el reflejo de una realidad: los grandes personajes del arte y la literatura son grandes porque llegan al corazón de muchas personas. Es por eso que se hacen grandes: porque millones los adoptan como propios, y por eso sus creadores se hacen ricos y famosos. Pero todos esos fans están participando del proceso, no son simples receptores pasivos de lo que los creadores lanzan. Al convertirlos en propios los fans hacen suyos a esos personajes y por eso es normal e incluso saludable que exijan tener algo que decir sobre sus destinos.