La Universidad de Alcalá de Henares nombrará este miércoles doctor honoris causa al escritor Peter Handke, que unos meses después, en diciembre, cumplirá 75 años, una edad que constreñimos con demasiada frecuencia al ejercicio de la serenidad  Por una vez una institución sabe lo que hace y otorga la categoría académica a la contra, a un insolente que, según confiesa, se siente lleno de cólera pero se limita a encolerizarse en serio una vez al mes. El resto del tiempo Handke recoge setas, lee a Goethe, escribe a mano, vive en soledad, sin internet, a media hora en Cercanías de París, ve el fútbol en la cantina de la estación y lee sin reposo de la única forma en que se debe leer, con la seriedad de un asesino en expedición hacia el fondo de sí mismo, la piel del mundo y las vísceras del otro.

No hacía falta el reconocimiento para quienes consideramos a Handke uno de los nuestros desde los años ochenta, cuando sus libros comenzaron a ser más queridos en España que en ningún otro lugar del mundo, pero es un ejemplo de justa equidad que la ciudad de la que parte el homenaje sea la sede del Studium General del siglo XIII, la primera protouniversidad española. Es aún más preciso que suceda en el casi seguro lugar natal del hijo de Rodrigo Cervantes y Leonor Torreblanca, el inseparable hermano viejo de Handke, Miguel de Cervantes.

He advertido en fotos recientes del carintio esloveno, austriaco solo por mandato geográfico –no le nombren su odiada nacionalidad, ni siquiera una vez al mes–, que la ya blanca melena está cada día más desbarajustada, como, en la mayoría de los grabados, aparece la que otorgamos al Quijote, el confuso buscador de las quimeras y el sentido al que también aspira Handke mientras vaga, como el caballero, por el «vacío reparador» de los infinitos trayectos de España.

Handke se muestra satisfecho de ser parte de la «gente del momento inoportuno»

"Escribir es un viaje nocturno durante el cual las palabras, las frases y los párrafos producen luz. Y esto se ve muy poco hoy día", ha sugerido Handke, autor de un cuerpo literario que no solamente es amplísimo, sino que no conoce de géneros –de los más de 60 libros que ha firmado, sólo 25 pueden ser considerados narrativos en sentido estricto–. Así, una supuesta novela como La pérdida de la imagen o por la Sierra de Gredos tiene luminiscencia de ensayo; los diarios El peso del mundo e Historia del lápiz son de ritmo lírico; la serie Ensayo sobre el cansancio, Ensayo sobre el jukebox, Ensayo sobre el Lugar Silencioso y Ensayo sobre el día logrado se desarrolla en la intersección de autobiografía, crítica cultural y crónica, un terreno indeterminado en el que también suceden Desgracia impeorable –sobre el suicidio a los 51 años, triste y humillada, de la madre del autor, "el cuerpo muerto (...) terriblemente solo y necesitado de amor"– y los aterradores Preguntando entre lágrimas, el doloroso ajuste de cuentas por la Guerra de los Balcanes, y La gran caída, la reunión visceral de las "lágrimas no lloradas" por la traición de los que hasta ayer eran admiradores para colocar ahora Handke entre los apestados por un asunto de libertad de opinión y análisis: la manipulación de la realidad que otorgaba a Serbia el papel de diablo único en una misa negra colectiva. "Si alguien viene a pedirme una rectificación, lo que recibirá de mí es un puntapié. Jamás llegarán mis excusas por escribir literatura. Mis libros defienden la paz y la justicia, ¿cómo se atreve nadie a identificarme con crímenes de guerra? (…) Basta comparar para darse cuenta de la diferencia que existe entre la literatura y la mierda", ha declarado el escritor, que nunca ha optado por plegarse.

En una antología homenaje, publicada al pairo del doctorado de Alcalá (Peter Handke y España, con edición de Cecilia Dreymüller), el mexicano Juan Villoro dice que los textos del autor austriaco "buscan el sentido profundo de lo evanescente" y los "misterios mínimos" del "enigma de lo diario" pero alejándose de la filosofía y aplicando ideas de la cultura pop o de zonas «sin prestigio cultural». En algún rincón de sus muchas páginas Handke se muestra satisfecho de ser parte de la "gente del momento inoportuno" –como los protagonistas, por ejemplo, del guion de El cielo sobre Berlín, la película por la que tantos le conocen–, aquellos que, maldecidos con la herida de "no sentirnos en casa al estar en casa", no nos conformamos con perder la individualidad ni aceptamos el camino que en estos días invariables nos invita a la zona de confort del estereotipo.