Las groserías de Lutero

JOSE ÁNGEL GONZÁLEZ. PERIODISTAOPINIÓN
José Ángel González, escritor y periodista.
José Ángel González, escritor y periodista.
JORGE PARÍS

El fraile Martín Lutero, de cuyo aparatoso gesto de clavar en las puertas de un castillo los postulados de la reforma protestante se celebran este año cinco siglos, no creía en el valor de las peregrinaciones, porque, decía, todo viaje de limpieza ha de ser interno o no ser. Acaso envidiando el acto de fe de los cientos de miles de cristianos europeos que sí creían en un camino terrenal para renovarse, desacreditó, con demasiada mordacidad para un hombre que decía buscar "un nuevo cielo y una nueva tierra donde reine la justicia", la peregrinación a Compostela, eje hoy del Día Nacional de Galicia.

"No vayáis allí, porque igual lo que está enterrado es un perro muerto o un caballo", escribió Lutero, con grosería. Para el Papa León X, el alemán era un "borracho" que recomendaba la embriaguez para evitar la ansiedad anticipatoria del infierno. No era la tolerancia un don de aquellos hombres: el Papa era un Médici, la primera forma de Camorra, y el protestante, un protegido de los nobles que escribió Contra las Hordas Asesinas y Ladronas del Campesinado para pedir un castigo sangriento contra los campesinos alzados contra el vasallaje: en la limpieza racial 150.000 labradores pasaron por la espada.

Tengo a la catedral de Santiago por el templo más resonante de todos los europeos. Sin caer en la sinrazón comparativa, no me parece que exista otro lugar en el continente tan cargado de misticismos, tanto paganos como dogmáticos. No merece discusión que se trata de un destino hacia el que fluyen sendas ya eternas -y, por desgracia, ahora de trekking antes que de autoanálisis- que nacen en las tierras que llamamos Polonia, Países Bajos, Bohemia, Hungría, Inglaterra, Francia y la Alemania protestante.

¿Por qué la coincidencia de estos pasos anónimos y seculares, sólo regidos por la recomendación del evangelista Juan -"caminad mientras tenéis luz para que no os envuelvan las tinieblas"- en Compostela, en el extremo, otrora temible y oscuro, del noroccidente contiental? ¿Qué hay tras el fervor de cruzar llanos ardientes, bosques peligrosos y crestras montañosas de hipotermia? ¿Cómo entender al peregrino medieval, definido por un historiador como "un cristiano que en un momento dado ha decidido ir a un determinado lugar y ha subordinado la completa organización de su existencia a ese viaje ya decidido", un objetivo que de tan vehemente parece extraterrenal?

Entre las muchas potencialidades que se atribuyen al asombroso templo compostelano, montado sobre un Arca marmárica primitiva, se han citado conjeturas aventuradas: una puerta de entrada a la materia negra que nos circunda, el casillero final de un juego de la oca gnóstico, uno de los ángulos que permiten completar el trazado al centro de la Tierra, un vórtice que conduce al tesoro perdido de los templarios, una interpretación disyuntiva de la teoría del Paraíso… Intuyo que es Prisciliano, el primer hippie, el huésped cuyos restos son venerados en la cripta, pero no reniego de ninguna otra posibilidad. Sólo en dos lugares del mundo -un templo budista nepalí y la catedral de Santiago- he sentido que la levitación y el viaje astral son posibles capacidades humanas.

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