No solicito que le importen los lances de mi peripecia personal, pero a mí me tocan, y bastante, los de la suya, señor Serrat, cantautor de sonrisa socarrona y elegancia de hombre de la calle. Cuando yo tenía 12 años y vivía muy lejos de España —a la misma distancia de Catalunya, apunto para los que están de los nervios estos días por puerilidades como los trazados de las líneas fronterizas sobre los mapas y las voluntades—, le escuché cantar en un blanco teatro caribeño. Dado que mis padres estaban molidos a diario por el trabajo de ser inmigrantes y mis amigos preferían a los Jackson 5, que también a mí me enloquecían, era yo el único niño en un recinto de gente que me parecía demasiado 'mayor' —hoy, para mi desgracia, el adjetivo apuntaría en dirección inversa y contra mi pecho—. Vestido de tonos oscuros, como un anacrónico japonés en el trópico, usted, acaso el único chansonnier que ha concedido el destino al país llamado España y a las naciones contenidas en él, conversó con nosotros como un novio con una novia en un parque otoñal: con oficio de poeta, tono de pájaro y ese inimitable matiz de gárgara cuya grandeza está en que ha sido centenares de veces satirizado. Aunque sus discos eran billetes de viaje a mi patria natal, verle en directo me obligó a esconder la cara tras mi pañuelito de niño. Siempre es jodido que te vean llorar los mayores. Lo consiguió usted, Serrat, hijo de un ácrata y una mujer de Belchite y nacido en un lugar llamado, como una metáfora con forma de grito popular, Pueblo Seco. Es usted un orgullo nacional, un magneto que nos acercó a las maniquís con vida, al Mediterráneo como destino infinito, a los niños yunteros de Miguel Hernández, a la amargura del franquismo... Sobre todo, en lo que me concierne, quiero ofrecerle, cuando le dé la gana, ocupar la silla libre para jugar al mus como mi pareja. Intentaría estar a la altura, se lo prometo. A todos esos profesionales de la insignificancia que le llaman ahora fascista —nada menos— por estar contra la raíz del referéndum del 1 de octubre, les ha contestado usted, guasón hasta el último momento, como nadie más podría hacerlo: "Que se tilden de fascistas mis declaraciones es o desconocer lo que es el fascismo o realmente buscar un insulto como a un árbitro de fútbol cuando pita algo que no nos gusta y nos acordamos de su madre sin que aquella señora haya tenido algo que ver con el oficio que se le supone".

He ahí una canción, un himno. Jose Ángel González.