Señores políticos liberal-conservadores:

Primero, enhorabuena por el éxito de mercadotecnia: sacaron ustedes un óptimo partido audiovisual al Orgullo, adjetivo, por cierto, de género masculino al que algunos no tardarán en reclamar neutralidad (¿Orgull@?) en este tsunami de corrección léxica que empieza a ‘maquearnos’ el espíritu y la mente como liberales de marchamo estadounidense de la Costa Este –es decir, mucha pose en lo semántico y escaso radicalismo en lo social y económico–.

Se han convertido en las fierecillas sin domar del PP, en algunas de cuyas estancias todavía huele a incienso

Andrea Levy y Javier Maroto, diputados (perdón por el plural neutro, no sé de otra acepción posible que no caiga en el "diputados y diputadas" que me pita en los oídos decenas de veces al día), se han convertido ustedes en las fierecillas sin domar del Partido Popular, en algunas de cuyas estancias todavía huele a incienso y de algunos de cuyos atachés aún asoma el ejemplar de La imitación de Cristo, el devocionario de Tomás de Kempis que Manuel Fraga leía cada día antes del sueño cóncavo de los vientres bien alimentados.

¿Tanto molesta entre los suyos que se hayan retratado proclamando tolerancia en la verbena madrileña? ¿Por qué no aducen lo que resulta obvio, que tanta unanimidad esconde el mismo artificio de las galas en beneficio de los huérfanos del pasado cercano, que los chaperos menores de edad que ejercen en los alrededores de la calle Montera madrileña seguirán siendo parias a punto de detención y maltrato cuando termine la alegría por decreto, y que a ellos no les protegerá ni siquiera sobre el papel la posible ley contra la discriminación por orientación sexual e identidad de género y de igualdad social del colectivo LGTBI que discutirá el Congreso en algún momento de esta legislatura?

Tranquilicen ustedes a la cúpula conservadora: no contagia bailar una vez al año In the Navy –en el caso de Pablo Iglesias, tan racial como corresponde a un patriota, tampoco es peligroso el acercamiento eventual en el karaoke a Maquíllate, de Mecano– y el voto gay rinde buenas regalías electorales.

Por mi parte, echo de menos, tanto en su caso como en el de otros políticos, que se olvide el significado de la feísima palabra orgullo, un término que siempre asocié a los señoritos, en sus acepciones de arrogancia, vanidad y exceso de estimación propia, a veces disimulable por nacer de causas nobles. Ante la bulla supuestamente plural del World Pride madrileño, me vino a la lengua un dicho campesino: "Los cántaros, cuanto más vacíos, más ruido hacen".

Salud y libertad

Jose Ángel González