En la calle El Clavel de Madrid, el Ayuntamiento madrileño colocó hace tiempo una placa metálica en la cual se informa de que en aquel lugar vivió Victor Hugo.

En efecto, allí estaba, al inicio del siglo XIX, el Palacio Masserano, que fue requisado por José Bonaparte en beneficio de su general más querido, Léopold Hugo (al que había hecho Conde de Sigüenza), padre de Victor Hugo. Era un valioso soldado, un hombre ilustrado y más mujeriego que don Juan.

Victor Hugo nació en Besançon el 7 Ventoso del año X, es decir, el 26 de febrero de 1802, y antes de cumplir los siete años había recorrido más de siete mil kilómetros, en una época en la que el transporte no se hacía precisamente ni en ferrocarril ni en automóvil. Pues su padre, siguiendo a José Bonaparte, había estado, entre otros lugares, en Nápoles.

El 30 de enero de 1812, el rey José escribió una carta al general Hugo:

»No os lo oculto. Está en mi voluntad que no deis un ejemplo escandaloso al negaros a convivir con madame Hugo, como cabe esperar de un hombre de vuestra calidad... Prefiero vuestra marcha al espectáculo que ofrece vuestra familia desde hace meses.

Parece ser que el general Léopold Hugo no sólo se exhibía públicamente con Catherine, su amante, también se hacía acompañar en el Paseo del Prado junto a ella por sus hijos, los niños Hugo, en una calesa descubierta.

El general Hugo no se divorció de su esposa en España, pero sí colocó a sus tres hijos en el internado que los Escolapios tenían en el colegio de San Antón, en la madrileña calle de Hortaleza, que los ocupantes franceses habían convertido en un "seminario de nobles", ocupado apenas por una veintena de muchachos, cuando antes de la invasión napoleónica se atendía allí a quinientos pupilos.

A la cabeza del colegio quedaron en San Antón dos escolapios: don Basilio, el enteco profesor de Latín, y su adjunto, el regordete don Manuel. Antes de terminar el curso, Abel Hugo, el hermano mayor, salió del internado apara ocupar su puesto en el Palacio de Oriente como paje del rey, pero Eugène y Victor siguieron allí varios cursos, sometidos a una estricta disciplina. Diana a las seis de la mañana e inmediatamente después, abluciones con agua fría; luego misa, de la que los hermanos Hugo se librarían porque su madre mintió, declarándoles protestantes. Más tarde, el desayuno (chocolate con churros). Clases y un almuerzo a base de cocido. Después de la siesta, hora y media de clase (Matemáticas y Latín), una hora de recreo, vuelta a clase y a las ocho de la tarde rosario, una cena frugal (ensalada y frutas) y a las nueve en la cama.

No parece que esta disciplina molestara mucho al niño Victor Hugo, a quien sí afectaba la soledad impuesta, la separación de su madre, a pesar de que ésta iba a visitar a sus hijos cuanto podía. En Ruy Blas, la obra madrileña que escribiría mucho después Victor Hugo, la desdichada reina, como la madre del autor: "Va cada día a visitar a las monjas del Rosario. Ya sabes, subiendo la calle de Hortaleza". Victor conservaría durante toda su vida algunas costumbres adquiridas en San Antón, como la de lavarse cada mañana con agua fría o la de rezar, él, tan anticlerical, antes de las comidas.

"Siendo niño, yo hablaba mejor el español que el francés, incluso comencé a olvidar mi lengua materna. Si hubiera vivido y crecido en España, me hubiera convertido en un poeta español. La caída del Emperador y en consecuencia la del rey José convirtió a mi padre, que era entonces un general español, en un general francés, y a mí, de futuro poeta español, en poeta francés", escribió Victor Hugo muchos años después.

Las obras de Victor Hugo están llenas de recuerdos de esa España que conoció cuando era un niño, incluidas las corridas de toros. Cincuenta años después de su estancia en España, Victor describiría un desfile de las tropas francesas por la calle de Hortaleza. "Mientras que los soldados pasaban bajo nuestro balcón, don Manuel se inclinó sobre la oreja de don Basilio y le dijo: Ahí va Voltaire, desfilando".

Quizá por eso, los escolapios, con quienes yo estudié el bachillerato, jamás nos mencionaron como antiguo alumno a quien había sido el más notable de todos ellos: Victor Hugo. Una consecuencia más del manto de silencio, aún no levantado, que se echó sobre el rey José I, que fue bastante mejor que quien le siguiera en el trono, un tal Fernando VII, El deseado. El "rey felón", que fue un desastre para España.