Tengo la fórmula: más psicólogos y menos politólogos para analizar el independentismo. Lo explico. La mitad de la sociedad catalana vive en una realidad y la otra mitad en otra. Para conjurar esta peligrosa situación, algunos tienen una estrategia. ¿Quién? Los nunca suficientemente denostados políticos.

Por ejemplo, Gabriel Rufián, miembro de un partido, de los nunca suficientemente escupidos partidos políticos. Escuchémosle otra vez: "Por el grupo parlamentario de ERC en Madrid solo habla ERC en Madrid". Esa frase encierra una estrategia. ¿Quién más la exhibe? El presidente del Gobierno y sus ministros, de los nunca suficientemente despreciados gobiernos.

En cambio, ¿quién carece de estrategia? Torra y Puigdemont, porque no son políticos, sino believers: creyentes posmodernos, religiosos de su religión. De hecho, no tienen tras de sí un partido, sino un "movimiento", de los nunca suficientemente ensalzados movimientos, tan cool y tan fashion ellos. Por eso necesitamos psicólogos que nos expliquen cómo funciona el sesgo de confirmación, que es lo de ver embarazadas por todas partes cuando estás embarazada.

La psicología ha demostrado que nuestra mente percibe todo aquello que confirma nuestras creencias y descarta los hechos que nos contradicen. Torra no ve a media sociedad catalana. Físicamente ve y oye a quienes le abuchean por la calle, claro, pero los juzga una molestia menor que se diluirá bajo la fuerza de la fe. Los ve, pero no entiende lo que significan. Su afirmación de que se marchará si no consigue "hacer efectiva la República" lo delata como creyente puro: piensa que nos preocupa su coherencia, y no la quiebra de la sociedad. Para los believers, la política es ante todo narcisismo. Y su análisis, psicología.