Todas las semanas, casi todos los días alguien me dice "no me trates de usted". Si no es el conductor del autobús, es mi compañera de pilates o un alumno en clase. Lo siento, me educaron así. Recuerdo aquellas interminables diatribas después de cenar en las que mi padre, castellano de Soria, no entendía por qué mi madre, vasca, trataba a todo el mundo de tú, aunque no le conociese. Para mi padre era incomprensible la confianza del tuteo con un desconocido. El usted, era una barrera a interponer ante el desconocido pero también una muestra de respeto, sobre todo, a la autoridad, fuese maestro, policía o anciano. De eso te quiero hablar hoy.

La semana pasada se celebró el Día Mundial de la Felicidad y con ese motivo leí un informe de UCLA que situaba el secreto para ser felices en las palabras, en la capacidad que tenemos para dar sentido a las emociones por medio de lenguaje. Lo llaman granulidad emocional o, lo que es lo mismo, la capacidad para nombrar con precisión lo que sentimos en un determinado momento. De ese modo, dice la universidad californiana, ayudamos a nuestro cerebro a generar sentimientos más adaptados a nuestras emociones, acercándonos a la felicidad.

La verdad es que me quedé sorprendido porque conocía indicadores como la riqueza, el clima, la dieta y hasta el amor en pareja para medir la felicidad, pero eso del lenguaje era nuevo para mí. Dándole vueltas me di cuenta que era cierto que algunas palabras me hacían sentir bien. Tratar de usted al revisor del metro o dar las gracias por un buen café, me gusta y por eso sigo haciéndolo aunque ya no se estile. Entonces, a modo de prueba de concepto, consulté en la universidad a mis compañeros qué palabras les hacían felices. "Vacaciones" y "descanso" salieron varias veces, pero también "por favor" y "sonrisa" por parte de las personas que están de cara al público. Nadie dijo "alumno" y tampoco "cliente".

Llegué a casa ansioso por seguir con el experimento y pregunté a mi mujer y a mis hijos. "Verano", "amigos", así como "mar", "campo" o "planazo" engrosaron la lista. Los niños añadieron "fútbol", "pizza", "albóndigas" y el maldito videojuego "fornite". "Dinero" no surgió espontáneamente. Finalmente a punto de dormirme apunté en las palabras felices "rodaballo", "bicicleta" y "viernes".

Por la mañana, con la mente más despejada, encontré el proyecto de Tim Lomas, un profesor londinense de psicología que con el nombre happy words está recolectando palabras en 50 idiomas diferentes para expresar sentimientos y experiencias positivas que te acercan a la felicidad. En español aparece "fiesta" y también "gratis", como este periódico que tienes en tus manos. Yo ya me he convencido de esta teoría americana de la felicidad, por eso solo te pido que pruebes y verás cómo hay una palabra que te arranca siempre una sonrisa: eso te acercará a la felicidad.