Se cuenta que en el fútbol inglés era costumbre que los jugadores nuevos limpiaran las botas de los veteranos, en lo que venía a ser una representación del respeto debido a los mayores y a las tradiciones. Ignoro si el hábito se ha perdido al ritmo que se han extraviado los futbolistas ingleses, pero tengo la impresión de que el gesto permanece en el subconsciente colectivo del gremio. Si creo tal cosa es porque intuyo que Gareth Bale se ha pasado tres años lustrando las botas de Cristiano Ronaldo, en este caso en sentido estrictamente metafórico. Intentaré explicarme.

Cuando el Real Madrid fichó a Bale en el verano de 2013 lo primero que hizo el recién llegado fue reconocer los galones ajenos y ceder la banda izquierda a Cristiano. Es verdad que por aquel tiempo el galés ya había extendido sus dominios a otros sectores del campo, pero no es menos cierto que en el terreno más apropiado para exhibir su zurda encontró restringido el horario de visitas.

Por exquisita educación o por timidez patológica, Bale tampoco le restó goles a Cristiano. Ni atención. No sé a cuántos pares de botas brillantes equivale eso; supongo que a cientos. El caso es que quienes previeron fricciones posicionales, sentimentales y aspiracionales se equivocaron de pleno. Hasta el momento, al menos.

El partido contra el Leganés, sumado al devenir de la temporada, nos hace pensar que Bale ha entregado el betún a Lucas o Asensio. Cumplidos los 27 años, y en su cuarta temporada en el Real Madrid, sería razonable que quisiera disfrutar del protagonismo que le corresponde. La duda es cómo encajará Cristiano el cambio de papeles, la tramitación del relevo.

Bale se ha pasado tres años lustrando las botas de Cristiano Ronaldo

A tenor de lo visto ayer en el Bernabéu, el proceso no será sencillo. El doblete de Bale, y su alegría, se acompañó de la permanente insatisfacción de Ronaldo, la de cada jornada sin goles. Ese contraste es lo más perdurable del encuentro y la única herida con la que sale el líder. Por cierto, una herida de difícil cicatrización: Cristiano ha renovado hasta 2021 (36 años para entonces) y hoy se escenificará el acuerdo (léase embrollo).

En el Pizjuán, y como cierre de la jornada, se vivió un partido eléctrico, y nunca mejor dicho. Si se le pudiera instalar un alternador (quizá en un bíceps), Sampaoli sería capaz de producir más energía que una turbina eólica. Ya sea por convicción o por terror, sus futbolistas se contagian de esa hiperactividad y la añaden al talento propio para conformar un equipo que cuando se impone lo hace por atropello. El plan tiene una pega que ayer fueron dos. El primer problema es que correr mucho cansa una barbaridad. El segundo es Messi. El Sevilla se agotó en la primera mitad y Messi no se cansó nunca. Hizo el empate, organizó el mediocampo, redactó una constitución y asistió en el gol de Luis Suárez. Más de un sevillista compartirá la última reflexión: si queremos una Liga equitativa, Messi debería jugar una mitad con cada equipo.

Un día antes, en Anoeta, el Atlético vivió una debacle inesperada. Si algo distinguía al equipo era la regularidad, hasta el punto de que era capaz de explorar todos los matices de lo regular sin perder apenas partidos y ganando la mayoría, títulos incluidos. Según la plantilla se ha ido poblando de talento, han aparecido las malas hierbas de la inconstancia. Antes todo estaba perfectamente medido, casi robotizado (los esfuerzos, las jugadas, las faltas); ahora no hay quien explique ni las peores derrotas ni las mejores victorias. Es como si el Cholo, por tener mejores futbolistas, hubiera perdido el control. Al doctor Frankenstein le invadió un desconsuelo similar.

Dar por muerto a un futbolista es una infalible receta para su resurrección

Que el fútbol es una ciencia incomprensible lo demuestra su desconexión con los hechos anteriores. Aduriz marcó cinco goles contra el Genk y en Cornellà fue sustituido a la hora de juego, sin tantos y sin acierto. La confianza, que lo explica casi todo, no es suficiente para marcar en dos partidos seguidos, ni siquiera para ganarlos. Le sucedió al City de Guardiola: después de tumbar al Barça se atascó contra el Boro de Karanka, lo que le ha hecho perder el liderato en favor del Liverpool.

No hay quien comprenda este juego, aunque sea posible adivinarle algunas tendencias. Por ejemplo, que los futbolistas se motivan con las críticas. Aubameyang fue excluido de la convocatoria del Dortmund para la Champions por haberse ido de fiesta a Milán; el sábado se disculpó con cuatro goles que celebró, uno por uno, con su entrenador; agradecido por castigarle.

En la misma línea, dar por muerto a un futbolista es una infalible receta para su resurrección. Víctor Valdés ha regresado de los infiernos (lesión y Van Gaal) para consolidarse en la Premier. El colombiano Falcao sigue las mismas huellas: cuatro goles en sus dos últimos partidos con el Mónaco. Algún día deberían agradecernos las estrellas del fútbol nuestro inestimable escepticismo.

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