Da escalofríos escuchar lo que decía días antes de las elecciones de 2016 la candidata Hillary Clinton. Estos días medios norteamericanos están rescatando fragmentos de sus mítines y de los cara a cara que mantuvo con Trump en campaña para demostrar que lo que está pasando ahora, lo que está diciendo y haciendo el presidente norteamericano, ya lo predijo en su día la candidata demócrata.

Dos semanas antes, en uno de esos debates, aseguró que, si Trump llegaba a La Casa Blanca, su objetivo sería dinamitar la estructura de la OTAN porque era lo que le había pedido Putin al candidato republicano. Es exactamente lo que ha ocurrido ahora: fue la obsesión con la que se bajó Trump del Air Force One en Bruselas y que ha repetido con pesadez en cada una de sus apariciones públicas, también cuando se reunió el lunes con Putin en Helsinki.

Durante la campaña, lo que decía el ahora presidente sobre el muro con México o sobre lo que iba a hacer en Corea del Norte nos parecían delirios de un rico que jugaba a ser político. De un tipo anodino, aburrido de su vida, que se había metido en la carrera presidencial más por entretenimiento que por convencimiento. A quienes avisaban que Trump era mucho más inquietante de lo que pensábamos no les prestamos demasiada atención y ahora estamos en un estado de perplejidad continuo. Dos años de Trump no son suficientes para acostumbrarse.

Cada vez que llega a una cumbre internacional o mantiene un encuentro bilateral la comunidad internacional se echa a temblar por lo que pueda decir o hacer. Le da igual las agendas, el protocolo, los tiempos, la educación, el discurso.....No mide las palabras, no se preocupa si ha humillado a la Primera Ministra británica o a sus socios de la OTAN. Trump es una apisonadora que ni escucha ni ve. Ni siquiera a su propio equipo, ni a sus propios servicios de inteligencia. En su reunión con Putin no tuvo reparos en decir que creía antes al presidente ruso que a la investigación que determinaba que hay indicios suficientes para afirmar que Rusia interfirió en la campaña electoral.

Quedan dos años de Trump. Quienes me leen por aquí saben que sigo esa cuenta con precisión. Así que todavía hay tiempo para más sobresaltos. El coste de lo que hace y dice lo están pagando ya demasiadas personas: las familias separadas en la frontera, niños traumados de por vida porque han sido encerrados en centros de detención y jaulas y un poquito más cerca, los productores de la aceituna negra en España. Con la entrada de los aranceles han caído las ventas y hay pueblos, como La Roda de Andalucía, donde ya están comprobando que los delirios y obsesiones de Trump les cuesta el sueldo cada día.