Cualquier cantante firmaría por sumar, en un solo concierto, a 10 millones de espectadores. Ni el artista que más vende ahora mismo sueña con esas cifras. La venta de entradas de conciertos en vivo y la venta de discos físicos ha caído de forma preocupante. Es decir, el negocio de toda la vida en la industria de la música está estancado, por ser generosa. Y hay que inventarse nuevos modelos de negocio que hagan rentable esto de componer música.

Y el sábado puede que dieran en la diana: lograron concentrar al mismo tiempo a 10 millones de fieles seguidores en un concierto virtual. Fortnite, el juego que está rompiendo todos los esquemas y que desde hace tiempo se ha convertido en mucho más que un juego, fue cebando el evento unos días antes. Fue dejando pistas para que los jugadores supieran que en un determinado lugar del mundo Fortnite y a una determinada hora, el DJ de moda, Marshmello, ofrecería 11 minutos de su música.

Solo 11 minutos que para los que estuvieron ahí (sea donde sea que estuvieran, porque realmente estaban en el salón de su casa, solos, frente a la pantalla) fueron una experiencia única. El cantante los puso a bailar, a botar, a flotar por el cielo haciéndoles perder la gravedad... Bueno, no era a ellos, era a sus avatares, los dibujos que representan a cada jugador en ese famoso juego.

Cada jugador podía 'comprar' una máscara como la que usa el DJ en sus actuaciones, un traje, bailes... El sábado no cobraban, pero el negocio, echen cuentas, está servido. Cada traje de Fortnite cuesta unos 15 euros. Si el sábado las cabezas pensantes del juego y de la discográfica hubieran decidido cobrar algo por ese concierto "privado", se hubiesen hecho de oro.

Quienes estuvieron 'ahí' insisten en que fue único, en que la experiencia (porque de esto se trata, señores, de vender experiencias) fue una "pasada" y en que están esperando cuál es la próxima sorpresa que les depara el dichoso juego. Está claro que su forma de divertirse, de disfrutar, de consumir, de ir a conciertos no se va a parecer en nada a la nuestra. Para ellos el sábado lo de menos era estar físicamente, lo más era estar ahí, botando con un dibujo junto a sus amigos. Doy fe de los gritos de algunos de los que se congregaron el sábado frente a la pantalla. "Molaba todo, mamá".

Para nosotros ir a un concierto era estar espachurradas ahí con tus amigas, bailando casi sin tocar el suelo y ver 'de cerca' a tu grupo o cantante favorito. Para ellos no. Esto está cambiando, así que la industria necesita reinventarse cuanto antes si no quiere desaparecer.

Música consumiremos siempre. ¿Cómo? Pues lo último es así, con avatares.