Dicen los expertos que esta vez sí, la campaña electoral será decisiva. En las últimas citas muchos gurús de la comunicación política aconsejaban racionalizar los esfuerzos económicos y los mensajes políticos durante la campaña porque movilizaban poco el voto.

A los mítines ya solo van los convencidos, decían, los que votarán por esas siglas pase lo que pase, se diga lo que se diga, da igual qué música se emplee en el final del acto o cuánto confeti se tire. Pero en esta próxima cita, (quedan algo más de dos meses así que ármense de paciencia), la campaña sí servirá para que uno de cada tres votantes decida su voto. Incluso algunos, dicen los expertos, lo decidirán horas antes de ir a votar.

Un buen puñado de votos que van a determinar si estas elecciones servirán para formar gobierno o, si por lo contrario, las alianzas se convertirán en el peor sudoku posible. Por tanto, hacer encuestas con tanto indeciso y con tanto voto que puede moverse de una opción a otra con tanta facilidad parece mucho más complicado. En las últimas citas, seamos sinceros, las encuestas han servido para poco; no han sabido leer la entrada de los nuevos partidos en la escena política, no han sabido leer tampoco el descontento de un país entero con las reglas europeas como ocurrió con el Reino Unido y el brexit. Y mucho menos supieron avanzar que el candidato más surrealista de la historia, Donald Trump, iba a llegar a La Casa Blanca.

El otro día, su portavoz Sara Sanders dijo desde la sala de prensa de la Casa Blanca, con la bandera y el escudo detrás, que había sido Dios el que había querido que Donald Trump ganara las elecciones en 2016. Tal cual. Fue su voluntad vino a decir. Lo peor es que uno de cada cuatro votantes de Trump cree exactamente eso. Que no fueron las investigaciones del FBI contra Hillary, o la intervención de Cambridge Analytica, ni la más que posible intervención de Rusia, sino que fue Dios el que le dio la victoria a Trump.

Acostúmbrense a esto porque la campaña que viene, esa que no hemos abandonado en ningún momento en los últimos cuatro años, va a tratar mucho de esto, de ir a votar más con el estómago y el corazón que con la cabeza. Las tripas serán las que definan el voto. Escuchen los mensajes que ya lanzan todos: ¿han escuchado alguna medida? ¿Alguien les ha propuesto algo para mejorar su situación económica, social, laboral o sanitaria? No hagan memoria, porque hasta el momento nadie ha hablado sobre esto. Hablaremos de lo divino, me temo, y poco de lo humano.