Vocación. Esa palabra que tanto se utiliza para hablar de la pasión por algo y que tan pocos logran identificar. En ocasiones la vocación se confunde con la obsesión. O con la obligación. Y para cuando te das cuenta de que te has equivocado, es tarde. En nuestra profesión, la vocación es una trampa y la constante frustración laboral muchos años después, cuando la vocación tiene que convivir con la decepción.

En el caso de los políticos, a todos nos gustaría presuponer que están ahí por vocaciónLos médicos emplean la vocación para explicar por qué eligieron esa carrera. En mi familia hay varios médicos, entre mi círculo de amigos también, y siempre he admirado que, en su caso, la vocación siga siendo el motor de sus vidas, hayan empezado a ejercer o lleven años con la bata puesta. Desde luego, lo tiene que ser cuando la mayoría va enganchando contratos de residentes, de adjuntos, sumando muchas horas de sueño y siempre muy mal pagados y con la perspectiva lejana de que, si convocan una plaza, quizás logren algo de estabilidad. Sin embargo, nada les aparta de su objetivo: lograr mejorar el método, el diagnóstico y poder salvar vidas.  No es cuestión de que antepongan su tiempo. Es que cuando hablan del término tiempo nunca utilizan el posesivo por delante. El tiempo no les pertenece. Hace poco he terminado el libro de Gabi Martínez Las defensas. Cuenta la historia real de un neurólogo atrapado en la enfermedad a la que ha dedicado años de investigación y que no había podido identificar. Hasta que enfermó. Su batalla es agónica. Y cara: el peaje personal de su vocación se traduce en soledad. Si tienen tiempo, les recomiendo que lo busquen.

En el caso de los políticos, a todos nos gustaría presuponer que están ahí por vocación. Por un deseo de mejorar la sociedad, por corregir las injusticias pero, desgraciadamente, demasiadas veces comprobamos que en la política, la vocación se viste más de ambición. Y cuando la ambición te ciega, puedes cometer errores. El último CIS volvía a colocar la corrupción como la segunda preocupación de los españoles, por detrás del paro. Es injusto generalizar. Y hay que reconocer que algunos han pagado un precio muy alto por estar en política. Tantos y tantos políticos vascos que se sacudieron el miedo, hipotecaron su vida e incluso la perdieron, por defender sus ideas.

Me acuerdo de María San Gil: ella era la secretaria de Gregorio Ordóñez cuando le descerrajaron varios disparos en la cabeza. Pudo haberse quedado en casa, macerando su dolor, pero decidió tomar el testigo y defender lo que creía. Y hoy me acuerdo de Carme Chacón: su cardiopatía no era la mejor compañera de viaje para dedicarse a la política, pero desafió a su ventrículo y logró ser la primera mujer que asumió la cartera de Defensa. Su vocación fue la política y su pasión, lo decía ella, su hijo Miquel. Si la muerte siempre es sinónimo de pérdida, cuando llega así y con un niño tan pequeño es demasiado trágica. Y de nuevo nos sacude la certeza de que la vida es muy simple, aunque no la queramos complicar. La vida pasa tan rápido, tan breve, y tan imprevisible que no podemos perderla en regodearnos en la decepción. ¿Se acuerda de qué es lo que más le gustaba cuando era niño? Quizás en ese momento, en ese recuerdo, logre identificar cuál es su vocación.