El filósofo George Santayana, cuyo nombre genuino fue Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana Borrás, vivió entre 1863 y 1952. Su padre, Agustín, fue zamorano, diplomático de carrera; su madre, Josefina, nació en Londres, creció en Glasgow y vivió en Boston su primer matrimonio (con Agustín casó en segundas nupcias). Jorge fue bilingüe perfecto y escribió sus obras en un elegante inglés. Bostoniano de formación, no perdió la conciencia de su raíz española y su apego a la latinidad: "He procurado escribir en inglés la mayor cantidad de cosas no inglesas que me ha sido posible". En 1912 volvió a Europa (París, Oxford, Roma). Pidió ser enterrado en un panteón español del cementerio romano de Campo Verano.

Cuando la experiencia no se retiene, como entre los salvajes, la infancia es perpetua

Se atribuye a su pluma, con poca finura, una frase que no escribió sobre los pueblos y la historia. En su “La vida de la razón. Las fases del progreso humano” (cinco tomos publicados entre 1905 y 1906) habla de cómo los salvajes (savages) no retienen la experiencia, por lo que están siempre en la infancia. Traza un parangón con la evolución de la mente en el individuo: “En la primera fase de la vida, la mente es frívola y se distrae fácilmente; es incapaz de progreso porque carece de continuidad y persistencia. Tal es la condición de los niños y los bárbaros, en los que el instinto no ha aprendido nada de la experiencia”. Cuando los individuos maduran, “son dóciles a los acontecimientos, moldeables a nuevos hábitos y sugerencias, incluso capaces de injertarlos en sus instintos originales”. La fase terminal es aquella en la que “la retentividad está agotada y todo lo que sucede se olvida enseguida: una vana repetición, porque no es práctica, del pasado sustituye a la plasticidad y la readaptación fecunda. En un mundo cambiante, la readaptación es el precio de la longevidad. Una cáscara dura, lejos de proteger el principio vital, lo condena a morir lentamente y gradualmente se enfría”.

En ese contexto, que se acerca más a la psicología y a la antropología, hay que explicar su reflexión, que se ha hecho tan famosa a costa de ser netamente falsificada: “El progreso, lejos de consistir en cambio, depende de la retentividad (…) y cuando la experiencia no se retiene, como entre los salvajes, la infancia es perpetua. Los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo. (Those who cannot remember the past are condemned to repeat it)". No habla, pues, ni de los pueblos, ni de la historia, sino sencillamente del pasado y más bien considerado como experiencia directa e inmediata.