Con el asesinato ayer de una mujer en Alboraya y el de otra el sábado en Ayamonte ya suman mil. Un millar de víctimas mortales por violencia de género desde 2003, año en que se inició el cómputo oficial. Una sola muerte ya sería demasiado, pero lo abultado de la cifra revela lo mucho, y puede que distinto, que queda por hacer. Los minutos de silencio y la sujeción de pancartas sirven para expresar la rabia y la indignación, pero no logran parar ese rayo que nunca cesa.

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