El olor y el deseo

ÓSCAR ESQUIVIAS. ESCRITOR
Óscar Esquivias.
Óscar Esquivias.
JORGE PARÍS

En la escena cuarta de Don Giovanni, la ópera de Mozart, el protagonista vaga por las calles de Sevilla, al rayar el amanecer. Ha pasado una noche accidentada, de las que a él le gustan (abusa de mujeres –cuanto más jóvenes, mejor–, siempre está pronto para la pelea y no tiene escrúpulos en matar: la obra se ambienta en el siglo XVII, pero parece la España del XXI, a juzgar por lo que cuentan los periódicos estos días, tan llenos de donjuanes y de matones). El caso es que, en un momento dado, el burlador exclama:

–Zito! Mi pare sentire odor di femmina (¡Silencio! Me parece sentir olor a hembra).

La intención del libretista es subrayar el carácter lujurioso del personaje, su instinto depredador. Antes de ver a la persona, ya la huele, sabe que es una mujer y la desea (por supuesto, como pieza de caza). A la vez, como sucede con los manipuladores, Don Giovanni desplaza tácitamente la responsabilidad del abuso a la víctima: es ella, la hembra (la femmina) la que motiva una reacción incontrolable en el macho. ¿Quién podría resistirse a su olor, al instinto animal que provoca? En la ópera, tales palabras producen un efecto ambiguo: se dicen en un contexto cómico, pero a la vez suenan cínicas y malvadas. Don Giovanni se comporta como un perro encelado y peligroso.

Los perros han sido, desde antiguo, símbolos (positivos o negativos, según las épocas y las culturas) del deseo sexual irreprimible. El teólogo luterano Jakob Böhme defendía que la primera criatura humana que creó Yavé no tenía sexo. Solo le dotó de genitales después de que este nuevo ser viera aparearse a los animales del Edén y sintiera un deseo turbador y desconocido. Esta historia se repite todos los días: muchos niños, antes de que nadie les hable sobre la sexualidad, ven sus efectos en el perrito que sacan a pasear. ¿Qué les pasa a sus mascotas, qué sienten, qué huelen, qué fuerza es esa más poderosa que la voz de su amo? Seguramente son las mismas preguntas que se hizo, en primera persona, el Adán del relato de Böhme.

Álvaro Pombo, en su preciosa novela Aparición del eterno femenino, dice que el olfato contiene mucha más memoria que la vista o el oído. Desde luego hay olores que nos evocan de forma muy persuasiva a personas, sensaciones o lugares que creíamos olvidados. Y, por supuesto, ciertos olores también sirven para excitarnos (o todo lo contrario, porque la sexualidad humana –por fortuna– es muy variopinta). El escritor Christopher Isherwood, siempre tan sincero, confesó sus particulares gustos: le atraían el olor de las mofetas, del estiércol de caballo, del alquitrán y le resultaba muy sensual el del sudor de los sobacos. Artistas como Slava Mogutin o Johnny Alexandre Abbate recurren a menudo a imágenes de muchachos con calcetines sucios para sus fotografías eróticas.

Incluso Calderón de la Barca nos ofrece ejemplos del poder turbador del olfato. Sucede en su comedia La dama duende, que vi la semana pasada en Madrid (las funciones en la capital ya se han terminado, pero en 2018 la Compañía Nacional de Teatro Clásico la llevará de gira por varias ciudades de España: les recomiendo vivamente esta obra). El personaje de Doña Ángela entra a escondidas en la alcoba donde está el equipaje de Don Manuel, un noble burgalés amigo de su hermano, que acaba de llegar a la Corte y del que se ha enamorado. Curiosa, busca la ropa interior del caballero, pero como es una mujer de alcurnia, no se rebaja a olerla por ella misma, así que le pide a la criada que lo haga. «A limpia huele», dice esta. «Ese es el mejor perfume», responde su ama.

No sé lo que dirán los expertos en Calderón sobre este pasaje, pero yo creo que Doña Ángela disimula y miente. Me parece por parte del dramaturgo una delicada forma de aludir a esa turbación sexual que nos produce el olor del amado, algo que ya sucedía en el Edén y aún perdura.

Mostrar comentarios

Códigos Descuento