El mes de mayo, que cuando yo iba al cole (de monjas) era para mí el mes de las flores y de la Virgen María, se ha convertido desde hace algún tiempo en el mes de Eurovisión. Mayo es cuando los 'eurodramas' afloran, la época en la que todos sacamos nuestra lengua viperina a pasear para comentar sobre algo que, en muchas ocasiones, como lo de Ricky Martin y la mermelada, ni hemos visto, ni siquiera oído, y mucho menos escuchado.

Me gusta Eurovisión. Y me gusta aún más desde que lo he conocido por dentro, y me da pena que en España tengamos una imagen del Festival que dista mucho de la realidad, y de lo que representa en otros países de Europa. Para nosotros, Eurovisión es friki y 'marica', y si bien considero que lo es, también es un espectáculo televisivo perfecto y una congregación de artistazos y canciones sin precedentes.

Es una oportunidad para unirnos, para acercar culturas, para promocionar el turismo y para, con el hilo conductor de la música que amansa a las fieras, incluso poder resolver conflictos de esos que llevan años enquistados.

Me da rabia que se hable del Festival para tirarlo por tierra; que se extiendan los comentarios "todo es política" o "vamos a volver a quedar los últimos" y que todo el mundo critique al representante de nuestro país sin reconocer antes el trabajo de meses detrás de los tres minutos que dura su actuación.

Este sábado estaré viendo Eurovisión desde Tel Aviv, in situ. Pido a los telespectadores que antes de tuitear piensen en todo el esfuerzo y trabajo que hay detrás. Tenemos una gran representación, y los cambios y el esfuerzo de nuestra delegación se comienzan a notar. Este es el camino para llegar a los 'twelve points'.