"¡Ha atropellado a un Bulbasaur! ¿Está usted loco?"No es por anunciar el Apocalipsis, pero en las últimas semanas ya he llevado en mi taxi a dos usuarios con el único propósito de cazar Pokemons. El primero fue un hipster de camisa hawaiana y gafas gruesas que detuvo mi taxi visiblemente nervioso, agitando los brazos. Nada más tomar asiento comenzó a guiarme sin despegar la vista del mapa virtual de su teléfono móvil: "Recto por aquí..., derecha..., izquierda... ¡Pare en esa esquina!", bajándose a cada rato con el móvil apuntando directamente al suelo y lanzando pokebolas a los bichos en cuestión. Llegó a dejarme su DNI para que me fiara de sus estampidas, y ahí pude comprobar que tenía 35 años (cumplía los 36 en septiembre). En una de estas llegó a gritarme: "¡Charmander en Claudio Coello esquina Ayala! ¡Rápido!" y yo me hice cargo de la urgencia, pisé fuerte el acelerador y me vine tan arriba que a punto estuve de sacar el pañuelo blanco por la ventanilla. En otra de sus "misiones", esta vez en la calle Ibiza, me pasé de frenada con tan mala suerte que acabé atropellando (presuntamente) al Pokemon de marras. Aquí el tipo se alteró muchísimo: "¡Ha atropellado a un Bulbasaur! ¿Está usted loco?" (juro que me llamó "loco"). Le dije que no se preocupara, que mi compañía de seguros cubría también los daños virtuales a terceros, pero el hombre ya se había bajado del taxi apuntando con su móvil al agonizante bicho. Al final acabamos en su mismo portal de origen, con cinco monstruitos cazados, el taxímetro marcando 19,35 euros, y el hombre tendiéndome un billete con gesto de haber invertido los mejores 20 euros de su vida.

La otra cazadora de Pokemons estaba en Madrid de paso por asuntos de negocios. Tomó mi taxi en el aeropuerto y me pidió que la llevara a un hotel del centro, todo normal, pero en plena autopista dio un respingo sobre su asiento y me obligó a variar el rumbo después de haber visto en su móvil "una criatura muy difícil de encontrar". El caso es que la tarifa del aeropuerto al centro es fija, 30 euros, sin pokeparadas intermedias. Según el reglamento, en caso de variar el rumbo, habría que sumar la tarificación normal del taxímetro a esos treinta euros desde el primer destino hasta el destino final, lo cual no pareció importarle demasiado: "Bah, paga la empresa", me dijo. Cinco paradas después, ya en su hotel, me pidió un recibo con los 45,15 del taxímetro y en la casilla del concepto, para justificar la suma, escribí a mano: "Tarifa fija con origen aeropuerto más safari Pokemon". Luego, justo antes de bajar, me confesó con cierta envidia insana que "en Madrid había más y mejores bichos que en Barcelona". Ahí dudé por un momento si decir "¿gracias?" o estampar directamente el taxi contra el muro del hotel.

Pero aparte de los cazadores de Pokemons también me ha tocado en gracia llevar en mi taxi a un tipo que sólo quería hacer diversos checkings en Foursquare (red social donde, básicamente, se comparten ubicaciones). El chico nunca había estado en Madrid, y su estancia apenas comprendía dos horas de escala entre un largo vuelo desde Colombia y su siguiente avión a Londres. De modo que emprendimos un tour por los puntos más turísticos de la ciudad y al pasar por cada uno ni siquiera se molestó en levantar la vista del teléfono. Yo me ceñía a indicarle: "Ese es el Museo del Prado", el tipo checkeaba la ubicación con el móvil y me decía: "Ok, ahora la Puerta del Sol". Después fue el Mercado de San Miguel, el Palacio Real y la Plaza de España. Únicamente alzó la vista de la pantalla cuando pasamos por el Santiago Bernabéu. Ahí me mandó parar, se hizo un selfie sonriente con el estadio al fondo, y sin mediar palabra reanudamos la marcha. En este caso la broma le salió por algo más de 50 euros. Yo, después de aquello, apagué el taxímetro y me fui directo al bar.

No disfrutaron del lugar, como tampoco disfruta quien acude a un concierto para grabarlo íntegroEstos son los hechos, pero ¿qué será lo próximo? Tal vez programas o apps capaces de falsear la ubicación real del friki para que pueda alardear de haber estado donde nunca estuvo, aunque, bien pensado, no sería muy distinto a lo de ahora. Los protagonistas de estos tres ejemplos no estuvieron realmente en Claudio Coello, o en el Museo del Prado, sino cómodamente sentados en un taxi mientras seguían la ruta a través de una pantalla. No disfrutaron del lugar, como tampoco disfruta quien acude a un concierto para grabarlo íntegro, brazo en alto, con su teléfono móvil. Ahora parece que impera la necesidad de hacer público, y en tiempo real, dónde te encuentras, qué haces, cuántos kilos has perdido o qué elaboradísimo plato estás comiendo, en lugar de disfrutar del momento en comunión contigo mismo sin pensar en nadie más que en ti o en tu entorno cercano y real. Las redes sociales nos están separando del yo como individuo introspectivo, de la íntima necesidad de conocernos (y aceptarnos) desde una soledad cada vez menos de moda, para convertirnos en competidores 24/365 donde la envidia, el tener más followers que el resto, o el propinar los más sonoros ZASCAS al adversario ideológico, se ha convertido en objetivo prioritario; en una batalla de egos ahora que cualquiera puede ser alguien para el resto del mundo.

Por eso cuando te despiertas lo primero que haces es mirar el móvil. ¿Cuántos favs tendrá ahora el tuit que publiqué anoche, o mi foto en Instagram marcando bíceps? ¿Y ahora? ¿Fui tendencia? Ámame, por dios, aunque no te conozca. Baila conmigo pero sin tocarme.