CÉSAR PALACIOS. PERIODISTA

Un gimnasio llamado naturaleza

César Javier Palacios, colaborador del 20minutos.
César Javier Palacios, colaborador del 20minutos.
JORGE PARÍS

Durante milenios el campo fue el lugar que nos daba de comer o nos mataba de hambre. "Se trabajaba mucho", recordaba con fatiga contenida la abuela Emilia mientras relataba las mil y una labores a las que estaban obligados cada día si querían garantizar su supervivencia y la de los suyos en una remota aldea al norte de Burgos. Por suerte nada que ver con ahora.

Nos hemos hecho urbanos hasta la médula, incluidos los de los lejanos pueblos, tan dependientes como nosotros del centro comercial y de la conexión a internet. Incapaces de las machadas agroganaderas de antaño. Para la inmensa mayoría hoy el campo, el bosque, el río son privilegiados lugares de esparcimiento. De relax. O de deporte, porque últimamente la naturaleza nos atrae especialmente para usarla como inmejorable gimnasio.

Todo surgió con la llegada del tiempo libre, algo impensable hace 50 años en España a no ser que fueras conde o marqués. Empezó con el montañismo y el senderismo de los clubs juveniles promovidos por Félix Rodríguez de la Fuente, la OJE o los Boy Scouts. Los más aventureros se lanzaron a explorar cuevas o trepar montañas siguiendo los pasos de César Pérez de Tudela. O a bucear en el mar fascinados por el comandante Cousteau. Solo unos pocos corrían 'campo a través' emulando al genial Mariano Haro. De equipación mejor no hablar. Las botas, militares compradas de segunda mano a los que terminaban la mili. Zapatillas La Tórtola, de Elche para más señas. Y camisetas sin más marca que la mancha del bocadillo de sardinas.

La última década ha sido la de la revolución deportiva. Nos hemos lanzado al campo a correr en bicicleta, moto, quad, remo, esquí, triatlón, parapente, piragüismo y una larga lista de especialidades con extraños nombres tipo rafting, puenting, windsurf, kitesurf, trail running, footing, snowboarding o canopy.

Fantástico salvo por un detalle no menor. La naturaleza no es un gimnasio. Son espacios vivos extremadamente frágiles. Y ahí es donde surge el conflicto. Para los gestores medioambientales este furor deportivo es fuente de permanentes problemas. De la noche a la mañana se organizan carreras con miles de participantes interesados en recorrer a toda velocidad trochas y veredas de espacios protegidos. Que llegan en coche, estropean caminos no preparados para tanta gente, generan inusitadas cantidades de basuras pero, ante todo, acaban con la tranquilidad de unos sitios prístinos. Los dueños de las fincas se mosquean y hasta los cazadores advierten del peligro que tiene que se muevan esas multitudes por sus cotos. En Madrid, sin ir más lejos, se han empezado a limitar las pruebas deportivas en el medio natural. Ante ello, la Federación Madrileña de Montañismo estudia denunciar a la Consejería de Medio Ambiente en defensa de los derechos de los ciudadanos a circular por caminos públicos y a la práctica deportiva libre.

La solución es compleja. Unos no quieren tener a nadie en el campo. O no quieren ir con nadie. Otros necesitan el apoyo de la cuadrilla. La mayoría gusta de concentraciones deportivas multitudinarias en lugares únicos que disfrutar al unísono. Y los gestores, sus responsables, no saben qué hacer, pues los planes de uso y gestión de los espacios no previeron este imparable delirio deportivo.

¿Soluciones? Las lógicas entre gente civilizada. Realizar estudios serios sobre la capacidad de carga de tales lugares, con números máximos y normativas precisas según diferentes épocas del año. Aceptar que somos muchos y no todos podemos patear los montes cuando queramos. Ser tremendamente respetuosos (limpios, civilizados, silenciosos) cuando salimos al campo. También valorar la sencillez. Abandonar los récords del más difícil todavía. Pero sobre todo, y este es un consejo muy personal, disfrutar de la contemplación pausada. Recuerda que, como decía el sabio Cicerón, "la persecución, incluso de las mejores cosas, debe ser calmada y tranquila".

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