Querido Stephen:

Muchas felicidades. Por fin has conseguido tocar las estrellas, admirar la materia oscura, atravesar agujeros negros, sentir quásares, medir púlsares, perseguir cometas. Por fin lo has conseguido: ya eres inmortal.

Tuve la ocasión de conocerte hace unos años en Tenerife, donde apareciste entre luces láser y música estridente cual estrella de Hollywood. Oí tu acento tejano proveniente del viejo sintetizador de voz que activabas con las mejillas y nunca quisiste actualizar pues ya formaba parte de tu personalidad robótica. Me emocioné hasta las lágrimas escuchando una conferencia que titulaste “Mi breve historia”, pues sonó más a testamento que a repaso vital, con esas fotos de alegre jovencito despistado, en todas ellas con chispeantes ojos de miope iluminados por el brillo de la curiosidad. Lo confieso, también me fijé en los gemelos de oro de tu camisa que al día siguiente lució despreocupado tu asistente. Y sonreí cuando, explicándonos tus famosas desavenencias teológicas con el papa Juan Pablo II, en lugar de la foto de Wojtyla nos pusiste por error una del beatífico Juan Pablo I. Hasta en eso eras sabio y humano al mismo tiempo, un cuerpo diminuto, consumido, perdido en el interior de un traje vacío, pero con un cerebro superior al de todos nosotros.

Te admiro en casi todo, menos en tu sueño de organizar viajes imposibles para escapar de este planeta nuestro cada día más insostenible y colapsado. Perdona mi atrevimiento pero en eso, seguramente solo en eso, estabas equivocado. ¿Quiénes se irán a esos mundos lejanos y quienes se quedarán aquí esperando el Apocalipsis? ¿Quién lo decidirá? ¿No será más sencillo arreglar la Tierra antes de pensar en repetir los mismos errores en Marte?

Tu muerte nos llega el mismo día en que España llora los 38 años sin Félix Rodríguez de la Fuente. Quien no se cansaba de repetir que no hay un planeta B, que nos guste o no nuestro futuro está aquí, en la Tierra, y no en universos lejanos. Ahora compartís los dos espacio y tiempo infinitos, un no lugar maravilloso desde donde nuestro pálido punto azul planetario se verá todavía más hermoso y frágil. Hemos aprendido todo con vosotros. Muchos científicos lo son gracias a vuestra influencia. Pero lo más importante es que nos habéis enseñado a dejar de mirarnos los pies y alzar la vista hacia las estrellas, donde una de las más brillantes, querido Stephen, sin duda es la tuya.