Uno de los silencios más impresionantes que pueden escucharse en la naturaleza (si es que la nada se escucha) es después de una copiosa nevada. Da la sensación de que todos los animales se refugian temerosos del frío y hasta el viento se calma, acallando sus resoplidos invernales. Pero no es verdad. La vida discurre exactamente igual de ruidosa. Tan solo cambian las condiciones físicas del entorno. El hielo en polvo absorbe las ondas del sonido tan eficientemente como las paredes aisladas de un estudio de grabación. Por eso no se oye nada. El campo y hasta la ciudad parecen sumirse en un mutismo extraño, preocupante, como si la vida se hubiera congelado de repente. Es el momento de caminar sobre la esponjosa nieve virgen. Sentir cómo las botas se hunden en ella emitiendo un sordo quejido de corcho, casi inaudible. Si además ha caído la noche, está despejado y hay luna, esa nieve actuará como una inmensa pantalla reflectante, iluminando la penumbra con escalofriante belleza.

La nieve está compuesta por millones de diminutos cristales de hielo en forma de estrella, siempre simétricos, siempre con seis brazos, pero siempre diferentes, pues ningún par de copos son idénticos entre sí. Al pisarlos, compactas esas estructuras provocando el rozamiento entre ellas. Por eso crujen. A mayor temperatura, cercana al punto de fusión del hielo, la fricción se reduce y los copos resbalan entre ellos sin hacer ruido. Y al revés. Cuanto más frío hace, más poderoso será el crujido helado de la nieve.

Pero no siempre es así. Cuando la nieve se deshiela y a la noche siguiente vuelve a congelarse, la blanca superficie cambia radicalmente su estructura física trabajando justo en el sentido contrario. Se convierte en pantalla acústica. En un amplificador natural. Y los sonidos, entonces inmóviles, empiezan a viajar a velocidades increíbles, llegando más lejos de lo normal y con claridad inusitada. Es cuando el caminante se sorprende de su agudeza auditiva escuchando a lo lejos, como si estuviera al lado, el seco ladrido de un corzo, el relincho nervioso del pájaro carpintero, el graznido de la corneja, una campana o la caída al suelo, en súbito estrépito, como un gigantesco tambor, de la nieve acumulada en las ramas de un árbol.

Son apenas murmullos de la tierra, pero su suma y una atención aplicada los acaba convirtiendo en sonoro estruendo vital. Vida concentrada en los jadeos cansados de nuestra respiración pausada, pues caminar en la nieve, como bien saben los esquiadores, supone un sobresfuerzo cuando a cada paso que das te hundes pesadamente en ella.

Otra cosa es su color. En realidad la nieve no es blanca. Es agua helada y, por lo tanto, sin color, olor, ni sabor. Igual que el hielo. La vemos blanca a consecuencia de un sencillo efecto óptico. Al caer los copos, entre sus estrellados cristales quedan atrapadas numerosas burbujas de aire que actúan como prismas, descomponiendo la luz en todos los colores posibles. Y si mezclamos todos los tonos del espectro, nos aparece el blanco. Ocurre igual con las nubes. Pero no con el hielo, pues al no haber aire entre esos cristales el resultado final es transparente. Como la nieve descongelada, todo es agua limpia y cristalina. Su blanco resulta pura ilusión fugaz.

Hace años, haciendo una ruta de montaña, al llegar a la cumbre me sorprendí caminando sobre nieve azul. ¿Azul? La explicación a esa inusual coloración me puso los pelos de punta. Estaba avanzando sobre una visera de hielo y nieve directamente colgada sobre el abismo. La luz del sol entraba por debajo, dando ese color celeste que igualmente tiñe el mar y el cielo. Fueron los cuatro pasos hacia atrás más angustiosos de mi vida. Pero aprendí algo muy importante. Que con la nieve no se juega.

Hay otra nieve aún más peligrosa. Es la cantada por poetas como Lorca. Hecha con copos de besos, que cae de las rosas pero queda en el alma. A la espera de un deshielo que quizá nunca llegue.