Apúntate a la búsqueda activa de silencio

CÉSAR JAVIER PALACIOS. PERIODISTA EXPERTO EN MEDIO AMBIENTE
César Javier Palacios, colaborador del 20minutos.
César Javier Palacios, colaborador del 20minutos.
JORGE PARÍS

Los monjes cartujos tienen fama de ser la orden religiosa más exigente del mundo. Bajo el lema "La Cruz estable mientras el mundo da vueltas", pasan los días encerrados en sus cartujas, alejados del mundo, de sus placeres y riquezas, dedicados a la contemplación y los rezos. Lo hacen en completo silencio, salvo dos tardes a la semana en que tienen recreo y paseo con la comunidad. Siempre me fascinó la burgalesa Cartuja de Miraflores, el contraste de la vida ascética de sus monjes en un impresionante edificio gótico perdido en el bosque donde Isabel la Católica volcó todos sus excesos decorativos en la tumba de sus padres y de su hermano Alfonso el Inocente, quien de no haber muerto envenenado habría arrebatado la corona a Isabel. Mantengo muy vivo el hechizo por esa famosa escultura de san Bruno cuyos ojos no dejan de mirarte con dureza, tan perfecta pues como dijo su creador, el portugués Manuel Pereira, no habla porque es cartujo.

El gran silencio (Philip Groning, 2005) es una impresionante película donde se narra el día a día de un convento cartujo en los Alpes franceses. Ciento sesenta minutos de fascinante cine sin más sonido que el de las campanas, las oraciones y los cánticos en latín, los árboles agitados por el viento, reclamos de aves, ruidos de puertas, pasos, la lluvia. Nada que ver con los actuales productos de Hollywood donde todo es ruido, violencia y trepidante acción, diálogos telegráficos, muchas palabrotas y cero reflexiones más allá de una discutible sed de justicia. Nada que ver tampoco con nuestra agitada vida actual de prisas, guirigáis, nervios, atascos, colas, listas de espera, conversaciones resumidas en 140 caracteres donde apostamos por el todo o la nada, buenos o malos, sin matices, sin escuchar al otro, sin silencios, todo ruido.

Adam Ford es un pastor anglicano ya jubilado que vive en el sur de Inglaterra. Ha escrito un libro muy interesante titulado En busca del silencio (Siruela, 2017) donde explora ese ruido de las cosas que no escuchamos, el único capaz de permitirnos el reencuentro con nosotros mismos. Una de las experiencias más democráticas que existen, pues como destaca el clérigo, "está a disposición de cualquiera en este mundo ruidoso, ya sea joven o viejo, rico o pobre, religioso o laico". La atención plena en un mundo ruidoso.

Hace unos años llevé a un grupo de adolescentes al Parque Nacional de Garajonay, en La Gomera. Nos internamos en lo más profundo de ese bosque milenario. En un momento dado les pedí que se sentaran y permanecieran callados, escuchando el dulce sonido de la laurisilva. Vaya chasco. No aguantaron ni 30 segundos. Estaban incómodos, violentos. "¡No se oye nada!", gritó uno de repente. Y los demás se echaron a reír ruidosamente.

Mi silencio está lleno de sonidos; esos del entorno y los de mis ideas burbujeando sin tregua en la cabeza. Estaré callado, pero no dejo de hablar conmigo. Me cuento lo que veo, reflexiono sobre lo que hice o haré o nunca hice y siempre echaré de menos. Para mí es pura medicina, puro poder creativo, además de una importante fuente de autoconocimiento. Cuando salgo al campo soy ante todo un buscador de silencio. Admiro esos lugares callados de nuestros espacios protegidos donde encuentras pequeñas pausas en la vida siguiendo el vuelo tranquilo de un buitre, los chapuzones del martín pescador, el martilleo de un pájaro carpintero agujereando un tronco o los baños de sol de una lagartija. Pienso en halcones peregrinos. Si han logrado cazar por la mañana, ya no harán nada más en todo el día. Tan solo posarse en su oteadero favorito y ver pasar el día, como esos ancianos sentados a una sombra, puros contempladores del paso de la vida, lento para los jóvenes y fugaz para ellos.

El silencio es el ruido más fuerte, quizá el más fuerte de todos los ruidos (Miles Davis).

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