Pensaba que con los años remitiría, pero ha ido a peor. Tengo la cabeza llena de pájaros. De niño eran pájaros sin más. Ahora son especies y hasta subespecies concretas, gorriones, estorninos, pinzones, carboneros, herrerillos, golondrinas. Se me van los ojos a las ventanas en cuanto entro en una casa u oficina.

–¿Desea algo?
–Perdone, estaba mirando a esa urraca posada en la antena.
Mirada extraña. –¿Una urraca?
–Sí, señor, mírela ahí enfrente, ahora enredando entre las tejas, vaya usted a saber qué buscará, si comida o entretenimiento, porque las urracas también se divierten, no vaya a pensar que…
–Lo siento, pero estoy trabajando y no puedo perder el tiempo con pájaros. ¿Le puedo ayudar en algo?
Y yo a lo mío. –Pues hace mal, le noto nervioso. ¿Sabe usted que los trabajadores de oficinas pueden descargarse el estrés observando aves desde la ventana?

No lo digo yo. Se ha demostrado científicamente en un estudio publicado en la revista Bioscience, donde se comprueba que ver aves alivia la ansiedad y la depresión. Lo más increíble es su transversalidad. Da lo mismo la especie observada o el observador. El bienestar psíquico de la gente mejora con la simple interacción con aves.

Imagina la revolución. A partir de ahora, todos los trabajadores tienen derecho a asomarse periódicamente a la ventana para contemplar, pongamos por caso, un comedero de pájaros. O mejor aún, salir 10 minutos al parque para disfrutarlos de cerca.

Dirán que el jefe de personal se ha vuelto loco, pero viendo luego el aumento de la productividad quizá los directivos no lo consideren tan disparatado.
La naturaleza como terapia. No se me ocurre una medicina mejor, más barata y con menos contraindicaciones.