Cualquiera sale a pasear ahora con este frío, ¿verdad? El invierno se nos antoja una estación triste con árboles desnudos y paisajes vestidos de gris, días cortos, como engurriados, melancólicos, destemplados. La vida parece detenida en un campo extrañamente silencioso a la espera de la primavera, pero no es cierto.

Hay mucha vida y mucho sonido hermoso estos días en donde las caminatas nos regalan conciertos únicos: el corechear del macho de la perdiz roja marcando incasable su territorio de monte y cereales, el graznido lejano de grajillas y cornejas discutiendo de sus cosas en los concejos de grajos, las precipitadas conversaciones de sus primas las urracas parlanchinas, los silbidos de los estorninos, nuestros inquietos tordos campaneros, el crotoreo de las recién llegadas cigüeñas blancas mientras arreglan sus nidos...

...las melódicas canciones entre ramas de mirlos y currucas capirotadas, discusiones de gorriones pendencieros, el chichipán del carbonero, tauteos mañaneros de algún zorro, el inquietante ulular de un cárabo trasnochador, la algarabía de los siempre activos rabilargos, el gruir de un bando de grullas rompiendo el azul del cielo de regreso a sus encharcados bosques de la taiga; pero también el tañido lejano de una campana en la torre, ladridos de perros, el rebullir de carrizales azotados por el viento, murmullos de agua en el río o rumores incansables de fuentes.

El paseante atento disfruta de la música invernal por cuanto en estos días nos regala deliciosos momentos de paz interior. Quizá porque, parafraseando a Federico García Lorca, es necesario mirar (y escuchar) a la derecha y a la izquierda del tiempo para que nuestro corazón aprenda a estar tranquilo.